Técnica, dominación y pensamiento situado en Argentina. Por: Joaquín Franco Doldan

la cultura no es una esencia originaria que recuperar ni una copia degradada de modelos externos, sino un campo de disputa histórica donde se juega permanentemente la posibilidad de autonomía. Afirmar que sí hay algo propio no implica postular una identidad cerrada, sino apostar por un pensamiento capaz de nombrar nuestra realidad con categorías forjadas desde nuestra experiencia.
Por: Joaquín Franco Doldan
INTRODUCCIÓN
Hablar de la cultura latinoamericana es algo muy amplio, este trabajo acepta ese desafío y se interpela, en primer lugar, sobre la historia de lo que llamamos Latinoamérica, ver de dónde nace ese concepto y como es afectado y disputado por cuestiones que abren un problema político y epistemológico. Lo cierto es que “América Latina” es un significante abstracto cuya operacionalización resulta sumamente difícil, no es una categoría geográfica -el continente americano no se divide naturalmente en dos mitades-, ni estrictamente lingüística -el portugués, el español, el francés caribeño y las decenas de lenguas originarias que conviven en la región desafían cualquier unidad idiomática-, ni étnica ni cultural en ningún sentido unívoco. Es, más bien, un significante abierto que cambia constantemente, que envuelve luchas diversas y contradictorias, y cuyo poder reside precisamente en la capacidad de resignificación y en la identificación de quienes, por razones históricas, políticas o afectivas, deciden portarlo. Muchos lo hacemos con orgullo, pero esa apropiación no debería hacernos olvidar algo incómodo, de lo que poco se habla: el concepto no nació de nosotros.
Preguntar si es propia la cultura latinoamericana exige desnaturalizar los propios términos con los que pensamos, por ello, en primer lugar se debe comprender la idea de “América Latina” situándose en el origen de nuestras naciones -aceptando, desde ya, el supuesto históricamente cuestionable de que esa historia comienza cuando Colón “descubre” el continente en 1492-. Antes de 1850, el concepto sencillamente no existía, éramos “americanos” frente a los “peninsulares”, una distinción que marcaba una diferencia de posición dentro del orden colonial español, no una identidad regional compartida. Fue recién hacia mediados del siglo XIX que empieza a circular la categoría “América Latina”, y no emerge desde abajo ni desde las mayorías populares de la región, sino que emerge de las élites liberales que tenían a Francia como modelo civilizatorio y que buscaban diferenciarse del mundo anglosajón en ascenso. Es en ese contexto que el intelectual colombiano José María Torres Caicedo propone, en 1856, la distinción entre las “dos Américas”: una latina y otra anglosajona.[1] La línea divisoria no es geográfica sino racial y cultural, y responde más a la competencia entre Francia y Gran Bretaña por la hegemonía continental que a alguna identidad formada desde la experiencia común de los pueblos de la región. Debería inquietarnos el hecho de que el nombre con el que nos identificamos haya nacido como instrumento de una disputa ajena.
El concepto que nació en los salones liberales del siglo XIX fue después el nombre de la Revolución Cubana, de la Teología de la Liberación, de los movimientos de liberación nacional, de la integración regional como proyecto soberano. Esa capacidad de resignificación no es una anomalía, es, la prueba de que la cultura no es una esencia fija sino un campo en disputa permanente, donde se juega la tensión entre autonomía política y subordinación epistémica y material.
La inquietud nace de la lectura de Rodolfo Kusch, y en particular su advertencia sobre la ausencia de formas de pensamiento propias para entender nuestra realidad.[2] Kusch no diagnostica una carencia de inteligencia ni de producción intelectual, sino algo más específico e inquietante: el hábito de importar categorías ajenas sin someterlas al trabajo crítico de confrontarlas con nuestra experiencia concreta. Lo que él llama el “estar” americano-un modo de habitar el mundo que no se deja capturar por las categorías del “ser” moderno europeo- permanece sistemáticamente enterrado bajo capas de un universalismo prestado. Este problema no es solo filosófico, tiene consecuencias políticas directas, porque define qué proyectos de emancipación resultan pensables y cuáles quedan bloqueados antes de formularse.
Con ese punto de partida, el trabajo se organiza en tres ejes. El primero aborda el falso universalismo técnico y la exclusión fundacional: la idea de que importar tecnología equivale a progresar no es inocente, tiene una historia que arranca con el genocidio de las cosmologías originarias y que Kusch y Guglielmini, cada uno a su manera, intentaron desarmar. El segundo eje analiza cómo esa voluntad de autonomía fue activamente destruida en los años setenta a través del Plan Cóndor, entendido no como una suma de represiones nacionales paralelas sino como un sistema continental de coordinación represiva sostenido, en parte, por infraestructura tecnológica provista por la CIA. El tercero traslada esa lógica al presente bajo la forma de la dependencia digital: una nueva élite corporativa transnacional que opera como un “Pseudo Estado” por encima de las soberanías nacionales, extrayendo datos, energía y talento bajo la promesa del desarrollo tecnológico. El caso de Peter Thiel en Argentina -tierra patagónica, energía barata, frío para refrigerar servidores, programadores locales- es el ejemplo más reciente de una lógica que no cambió, solo actualizó sus instrumentos. La conclusión busca, a partir de Nieva y González, esbozar desde dónde podría construirse una respuesta que sea genuinamente propia.
Finalmente, la hipótesis que guía el escrito es que la cultura no es una esencia originaria que recuperar ni una copia degradada de modelos externos, sino un campo de disputa histórica donde se juega permanentemente la posibilidad de autonomía. Afirmar que sí hay algo propio no implica postular una identidad cerrada, sino apostar por un pensamiento capaz de nombrar nuestra realidad con categorías forjadas desde nuestra experiencia.
[1]El término fue popularizado por el poeta e intelectual colombiano José María Torres Caicedo en su poema “Las dos Américas” (1856).
[2]Kusch desarrolla esta distinción a lo largo de Geocultura del hombre americano (1976). La contraposición entre el “ser” -propio de la ontología occidental moderna- y el “estar” -modo americano de habitar el mundo- constituye el núcleo de su propuesta filosófica.

APARTADO I: EL FALSO UNIVERSALISMO TÉCNICO Y LA EXCLUSIÓN FUNDACIONAL
Para pensar una cultura propia, primero se debe desmontar la idea de que importar tecnología y modernizarse sonsinónimos de progreso y soberanía. La historia del pensamiento político de nuestra región muestra que la técnica nunca operó en el vacío ni desde ninguna neutralidad objetiva, sino que fue siempre el terreno sobre el cual se articularon, según el momento, proyectos de dominación.
1.1. El problema de las categorías importadas
El punto de partida es una advertencia epistemológica que formula Rodolfo Kusch con una claridad que incomoda: el problema no es que nuestra realidad sea imposible de descifrar, sino en que carecemos de formas de pensamiento genuinas y situadas para comprenderla. Las élites dirigentes han operado históricamente mediante usando categorías importadas que, al querer ajustar– muchas veces a la fuerza – ala dinámica local dentro de los parámetros de la “civilización” del Norte global, terminan deformando y marginando la experiencia viva del continente, la cual se la asume como “barbará” o incompleta.
Para Kusch, la técnica no es algo universal y neutro que flota por encima de las culturas, sino que está anclada a una visión del mundo específica. Lo ilustra con un ejemplo de su trabajo de campo en Bolivia, cuando comenta el caso de un campesino aymará al cual se le ofrece un crédito estatal para comprar una bomba hidráulica que mejoraría su majada y el campesino lo rechaza sistemáticamente. Ese rechazo no es ignorancia ni terquedad, sino la evidencia de que la asimilación técnica requiere coherencia con el propio mundo simbólico. Kusch lo dice de manera directa: “una tecnología no puede darse sino como apéndice de una cultura”. Toda herramienta lleva inscripta en su diseño las necesidades y el sentido de la comunidad que la forjó. Importar permanentemente soluciones técnicas ajenas implica subordinarse a una ecología cultural extraña, impropia, que termina generando escisión social, las élites urbanas consumen esa universalidad ilusoria mientras las bases populares resisten desde sus propios saberes y costumbres, logrando que la brecha entre ambas se profundice. Esto deriva en una separación sustancial en la forma de convivir, de ser y de pensar dentro de una sociedad, logrando heterogeneizar a un pueblo.
1.2. Guglielmini: la técnica como expresión y voluntad de poder
Esta necesidad de subordinar la técnica a un proyecto nacional soberano había sido planteada con por Homero M. Guglielmini en los años cuarenta.[1] Frente a la tendencia a tratar la tecnología como una materialidad externa e inerte, Guglielmini sostiene que la técnica es una dimensión constitutiva del “estar siendo” de una nación y debe orientarse hacia fines propios. En Valoración de la técnica en una política nacional (1941), escribe: “toda actividad constructiva del hombre, ya sea ella física, ya sea mental, supone una técnica. La técnica es el conjunto sistemático de medios, instrumentos y funciones aplicados para obtener un fin material, moral o intelectual” (Guglielmini, 1941, p. 21).
Años después, en Hay una experiencia argentina de Espacio, Tiempo y Técnica (1947), refuta directamente la ilusión de la neutralidad instrumental: “en su esencia y en su fuente, la técnica constituye un hecho mental y un acto moral: pertenece cabalmente a la esfera del intelecto y a la esfera de la voluntad” (Guglielmini, 1947, p. 57). La técnica, es entonces, lo que permite a una comunidad trascender la pasividad y actuar sobre el mundo. El problema político aparece cuando un país importa técnica sin un proyecto soberano que la dirija. Debemos entender que laadaptación es necesaria -ignorar los desarrollos globales sería un suicidio- pero, como advierte Guglielmini, “esta adopción y adaptación han de cobrar sentido propio y nuevo” (Guglielmini, 1947, p. 60). Importar el dispositivo sin orientación política independiente no es modernizarse, es allanar el camino al neocolonialismo, es usar una técnica adoptada pero sin horizonte ni bases propias que sirvan de guía y ambiente para un desarrollo efectivo.

1.3. Tecnología y barbarie
El marco teórico de Kusch y Guglielmini no puede leerse en abstracto. La adopción acrítica del progreso occidental que ambos cuestionan no fue un debate de ideas; se fundó sobre la aniquilación sistemática de saberes y poblaciones originarias, legitimada por la ciencia positivista del siglo XIX, la cual desprestigia todo saber que este por fuera de esta. Aunque no todos lo dicen, la ciencia positivistaactuó como fuente legitimadora que al igual que la iglesia con Galileo Galilei o el tribunal ateniense con Sócrates, es capaz de tratar de loco, enjuiciar y/o ejecutar a quién cuestione su dogma y plantee una verdad alternativa.
Michel Nieva lo demuestra con precisión: la consolidación del Estado-nación argentino requirió inventar una otredad radical. Los pueblos indígenas fueron asimilados al eslabón perdido entre el humano y el mono, y su exterminio fue justificado mediante disciplinas importadas de Europa -la criminología lombrosiana, el darwinismo social, la antropometría- que hoy reconocemos como pseudocientíficas. Bajo el binomio sarmientino de “civilización y barbarie”, la técnica europea positivista fue erigida como el gran conductor del progreso.
Nieva baja esa abstracción a la materialidad concreta de la guerra. La “Conquista del Desierto” no fue un avance de ideas ilustradas, fue el despliegue logístico de tecnologías específicas. El fusil Remington Rolling Block, con una cadencia de diez disparos por minuto, fue rebautizado en la época como el “mata indios”[2];el telégrafo garantizó la coordinación en tiempo real del avance de Roca; el alambre de púa, importado masivamente por la Sociedad Rural, permitió privatizar y parcelar los territorios expropiados. Como señala Nieva: “esas cuatro tecnologías en un momento en el que se introduce una fascinación por la técnica y una obsesión con que es a través de esas tecnologías que se va a llegar al Progreso son los elementos que permiten el mayor genocidio de la historia Argentina” (Nieva, 2025).
La cuarta tecnología merece un párrafo aparte: la picana eléctrica.[3]Fue concebida originalmente para adiestrar ganado vacuno, evitando que se frotara contra el alambre de púa y dañara el cuero de exportación. Un siglo después, esa misma tecnología -introducida para proteger la mercancía de la oligarquía terrateniente- se convirtió en el instrumento de tortura sistemática en los campos de concentración de la última dictadura. No es una ironía del destino: es la demostración más brutal de lo que ocurre cuando la técnica se desvincula de cualquier anclaje ético y político situado.
Podemos decir entonces que si la Argentina moderna construyó su identidad hegemónica aniquilando las cosmologías preexistentes y legitimando ese proceso mediante una fetichización de la tecnología extranjera, la disputa por una cultura genuinamente propia exige desarmar ese mito y releer – en términos de Walter Benjamin- la historia a contrapelo. El genocidio epistémico y material fundacional no es un antecedente histórico remoto; es la condición de posibilidad sobre la que se edificó todo lo que vino después, incluidas las formas contemporáneas de dependencia.
APARATADO II: LA ANIQUILACIÓN DEL PROYECTO AUTÓNOMO, MISERIA PLANIFICADA Y TERRORISMO CONTINENTAL
El siglo XX da muestra de la emergencia de movimientos populares que intentaron dotar a la economía y a la política de un sentido nacional, popular y propio. En este apartado se busca dar cuenta de cómo esa voluntad de autonomía fue desarticulada por quienes debían promoverla, principalmente, enel golpe cívico-militar de 1976, el cual no fue una interrupción institucional ni un exceso de violencia: fue una reestructuración profunda de las bases materiales, sociales y culturales de la nación, donde el terror operó como la tecnología necesaria para quebrar el proyecto emancipatorio creciente con base en la unión de la clase trabajadora.
2.1. Sociología de la fragmentación y miseria planificada
En primer lugar, hay que abandonar la lectura que reduce la dictadura a una sucesión de crímenes desvinculados de su racionalidad económica. Juan Villarreal, en Los hilos sociales del poder, muestra que el régimen implementó un “proceso social regresivo” orientado a modificar estructuralmente a la sociedad.[4] La Argentina previa a 1976 se caracterizaba por una alta movilización popular sostenida en la homogeneidad de la clase obrera industrial, que operaba como el sujeto histórico garante de la soberanía productiva (Villarreal, 1985, p. 202). Destruir esa capacidad de movilización fue el objetivo centralpara imponer su poder y hegemonía sin fuertes contradicciones expresadas por la sociedad.
La estrategia del régimen no se limitó a la coerción física;a través de la desindustrialización programada, la apertura irrestricta de los mercados y la financiarización de la economía conducida por Martínez de Hoz, el régimen logró “fragmentar a las clases subalternas, individualizar las conductas sociales, rearticular las formas constitutivas de la sociedad civil” (Villarreal, 1985, p. 202). La tercerización del empleo y el desmantelamiento del tejido industrial desarmaron el poder de los trabajadores y fragmentaron la cultura solidaria que los sostenía. No fue un daño colateral, fue el mecanismo para volver a la sociedad políticamente inofensiva ante las atrocidades que llevaba adelante el régimen.
Nadie lo vio con más claridad, y en tiempo real, que Rodolfo Walsh.[5] En su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (1977), Walsh no solo documenta el horror del exterminio sino que devela su sentido estructural:
“Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.” (Walsh, 1977, p. 11).
La “miseria planificada” como tecnología de control social, esa es la herramienta, la tecnica – importada bajo la doctrina de seguridad nacional. Al retrotraer al país al “más crudo coloniaje” entregando las bases productivas al capitalismo internacional, la dictadura no solo destruía una economía, también destruía la posibilidad misma de una cultura nacional autónoma. Walsh denuncia que se llevaba a cabo “una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia”, dictada por el FMI en beneficio de monopolios transnacionales (Walsh, 1977, p. 13). Lo que Kusch veía como un problema del pensamiento, Walsh lo estaba viviendo en carne propia.

2.2. El Estado terrorista y la racionalidad del exterminio
Ese proyecto de coloniaje económico requería una maquinaria capaz de paralizar a la sociedad, aquí toma centralidad el terror, esto no fue un exceso ni una desviación: fue una metodología administrada desde el centro del poder. Para detallar esto, es preciso entender a Pilar Calveiro, quien examina la función biopolítica del campo de concentración. La dictadura instauró un universo binario -amigo/enemigo- donde cualquier idea opositora al modelo era catalogada de “subversiva” y, por tanto, pasible de eliminación. Los campos fueron “el dispositivo ideado para concretar la política de exterminio” (Calveiro, 2004, p. 38). Allí, mediante tecnologías punitivas específicas -la capucha, la inmovilidad, la picana, la asignación de números en lugar de nombres- el poder buscaba no solo extraer información táctica sino destruir ontológicamente al sujeto. La picana eléctrica reaparece en los campos de concentración completando su ciclo histórico. La misma tecnología introducida para proteger la mercancía de la oligarquía se convierte en el instrumento de tortura del Estado terrorista, esto no es una casualidad, es la continuidad de una lógica.
La existencia de esos campos, estaba sostenida por un pacto secreto que debía ser sabido por todos para generar parálisis, fundando una pedagogía del miedo. La dictadura formó un ciudadano dócil, individualista y aterrado. Esa mutación es parte de la respuesta a por qué la cultura contemporánea exhibe déficits de solidaridad, pues la represión destruyó los lazos sociales y las tramas comunitarias que sostienen cualquier proyecto cultural independiente, reemplazando estas por lógicas individualistas.
2.3. La advertencia situada: Walsh y el déficit de historicidad
También es necesario reflexionar sobre las respuestas de las vanguardias armadas a la maquinaria del Estado. Si la pregunta rectora de este trabajo cuestiona -siguiendo a Kusch- la importación de categorías ajenas, la autocrítica que Walsh elabora en los Papeles de la Conducción ilustra cómo ese mismo problema afectó al campo popular.[6]En esos documentos internos, redactados entre fines de 1976 y principios de 1977, Walsh advierte sobre un desvío estratégico en la conducción de Montoneros, a la que acusa de caer en el “militarismo” y el “triunfalismo”. La organización estaba leyendo el conflicto argentino a través de teorías y experiencias revolucionarias extranjeras, separada de la realidad concreta de la clase obrera nacional. Walsh afirma que los dirigentes estaban “al aplicar conceptos de otras realidades transplantadas mecánicamente incurriendo en los mismos errores que antes le criticábamos al ERP” (Walsh, 1976, p. 8).Esto es el “déficit de historicidad”, la incapacidad de comprender que en Argentina la política está ligada a la identidad peronista y a las formas históricas de resistencia de las masas, no a esquemas prefabricados. Al priorizar el choque de aparatos militares y perder el anclaje en el movimiento social real, la vanguardia se alienó de su propia base cultural. El mismo problema que Kusch diagnosticaba en las élites modernizadoras -el importar categorías sin confrontarlas con la experiencia concreta- aparece aquí, trágicamente, en el interior del campo popular.
2.4. La internacionalización del terror: el Plan Cóndor y la tecnología imperial
Las clases dominantes y el imperialismo demostraron una capacidad igualmente sofisticada para pensar y ejecutar la dominación a escala regional.La materialización de ese “internacionalismo oligárquico” fue el Plan Cóndor. Como documenta el CELS, el Plan Cóndor no fue una suma de represiones paralelas sino un “sistema formal de coordinación represiva entre los países del Cono Sur”, fundado en noviembre de 1975 en Santiago de Chile, que abarcó a las dictaduras de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay (CELS, 2015).[7] Su objetivo era perseguir y eliminar a cualquier opositor que pusiera en riesgo el rediseño de las matrices productivas regionales.
El Plan Cóndor requirió infraestructura de última generación provista directamente por Estados Unidos. La CIA no solo tuvo conocimiento temprano de las fases operativas del plan, sino que proveyó el soporte logístico. Según el CELS, a partir de documentación desclasificada por el Departamento de Estado:
“El Cóndor llegó a tener un banco de datos computarizado con información de miles de individuos […] Las computadoras para almacenar esa información fueron suministradas por la CIA ya que ningún otro país del continente disponía para ese entonces de la tecnología suficiente para hacerlo. Por otro lado, los países contaron para comunicarse entre sí con un sistema de comunicaciones protegidas que se conoció como Condortel, que tenía su estación matriz en una instalación norteamericana del Canal de Panamá.” (CELS, 2015).
La misma lógica que describía Guglielmini -la técnica como expresión de voluntad de poder- se aplica aquí de forma siniestra: la informática de última generación y las redes de comunicación encriptadas como sistema esencial del terror continental. Este es un caso claro de que la tecnología no es neutral.
La pérdida de autonomía durante los años setenta fue el resultado de una unión de sucesos: miseria planificada, terrorismo biopolítico para paralizar al sujeto histórico, aislamiento de una vanguardia que repitió el error de importar categorías ajenas y articulación geopolítica de las élites asistidas por la tecnología imperial.

[1]Las obras de Guglielmini deben leerse en el contexto del debate sobre la neutralidad argentina durante la Segunda Guerra Mundial y el ascenso del movimiento nacionalista popular que desembocaría en el peronismo de 1945.
[2]El fusil Remington Rolling Block fue adoptado por el Ejército argentino en 1869. Su superioridad técnica sobre las armas de avancarga que poseían las comunidades originarias fue determinante en el resultado militar de las campañas de Roca. El apodo “mata indios” circuló en la prensa de la época sin eufemismo alguno.
[3]La genealogía de la picana eléctrica como instrumento de tortura en Argentina fue documentada, entre otros, por Osvaldo Bayer. Su uso sistemático durante la dictadura de 1976-1983 quedó verificado en el informe de la CONADEP: Nunca Más (1984).
[4]Villarreal publica este análisis en el volumen colectivo coordinado por Eduardo Jozami, Pedro Paz y Juan Villarreal (1985). Crisis de la dictadura argentina: política económica y cambio social 1976-1983. Buenos Aires: Siglo XXI.
[5]La Carta abierta fue escrita el 24 de marzo de 1977, primer aniversario del golpe, y distribuida a medios nacionales e internacionales. Walsh fue secuestrado y desaparecido al día siguiente. El texto es considerado uno de los documentos políticos más lúcidos producidos en América Latina durante el siglo XX.
[6]Los “Papeles de Walsh” véase Jozami, E. (2006). Rodolfo Walsh. La palabra y la acción. Buenos Aires: Norma.
[7]El Plan Cóndor fue formalizado en una reunión de jefes de inteligencia en Santiago de Chile en noviembre de 1975, bajo coordinación de Manuel Contreras (DINA chilena). Los documentos desclasificados del Departamento de Estado norteamericano, accesibles desde 1999, confirman el conocimiento y apoyo logístico de la CIA.
