28 octubre, 2026

LULA: De obrero metalúrgico a cuatro veces electo presidente de Brasil. Por: Ludmila Canullán

En el cumpleaños número 81 de Ignacio “Lula” da Silva hacemos un repaso de una de las trayectorias políticas latinoamericanas contemporáneas más relevantes del siglo.

Por: Ludmila Canullán

Sus orígenes, un camión rumbo al sur

Nació en la pobreza rural del nordeste brasileño, se formó como obrero metalúrgico, lideró el sindicalismo más combativo de la dictadura militar, fundó el mayor partido de masas de la izquierda brasileña, perdió tres elecciones presidenciales, gobernó Brasil durante ocho años, fue condenado y encarcelado, vio anuladas esas condenas y regresó al poder en 2023. Este artículo reconstruye esa trayectoria en sus etapas principales, atendiendo tanto a los logros que sus defensores destacan como a las controversias que sus críticos señalan. Se publica este 27 de octubre, día en que Lula cumple 81 años y fecha en que, en 2002, fue elegido presidente por primera vez. Dos días atrás, el pueblo brasileño volvió a elegirlo.

Luiz Inácio da Silva nació el 27 de octubre de 1945 en Caetés, entonces un distrito del municipio de Garanhuns, en el agreste Estado de Pernambuco. Fue el séptimo de ocho hijos de Aristides Inácio da Silva y Eurídice Ferreira de Melo, conocida como Dona Lindu. Su padre emigró al puerto de Santos, en el estado de São Paulo, antes de que el niño tuviera edad para conocerlo bien, y formó allí una segunda familia. En 1952, Dona Lindu emprendió con sus hijos el viaje hacia el sur en la caja de un camión, una travesía de más de una semana que se volvió emblema de la migración nordestina del siglo XX.

La infancia en la periferia de Santos y luego en São Paulo estuvo marcada por la precariedad. Lula aprendió a leer alrededor de los diez años y trabajó desde muy pequeño como vendedor ambulante de tapioca y naranjas y como lustrabotas, entre otros oficios. A los catorce años consiguió su primer empleo formal en una fábrica de tornillos y, poco después, completó un curso del SENAI (Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial) que lo calificó como tornero mecánico. Esa formación técnica le abrió las puertas de la industria metalúrgica del llamado ABC paulista, el cinturón fabril de Santo André, São Bernardo do Campo y São Caetano do Sul, donde se concentraban las automotrices. En 1964 perdió el dedo meñique de la mano izquierda en un accidente mientras trabajaba con una prensa, una marca física que lo acompañaría durante toda su vida.

En lo personal, su primera esposa, Maria de Lourdes, murió en 1971, durante el embarazo de su primer hijo, por una complicación de salud. En 1974 se casó con Marisa Letícia, con quien tuvo tres hijos y que falleció en 2017. En 2022 se casó con la socióloga Rosângela da Silva, conocida como Janja.

El sindicalismo, Lula como la voz de los metalúrgicos

Su ingreso a la política no pasó por los partidos, que la dictadura militar (1964-1985) había reducido a un esquema bipartidista controlado, sino por el sindicato. Su hermano mayor, José Ferreira da Silva, militaba en el Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema y lo acercó a esa organización, en la que Lula comenzó a participar en 1969. En 1975 fue elegido presidente del sindicato con una votación muy amplia y fue reelecto en 1978.

Su liderazgo se consolidó en el ciclo de huelgas del ABC entre 1978 y 1980, que desafió abiertamente el régimen en un momento en que las protestas estaban prohibidas. Las asambleas multitudinarias en el estadio de Vila Euclides, con decenas de miles de obreros, y su oratoria directa lo convirtieron en una figura nacional. En 1980, al calor de la huelga de ese año, el gobierno intervino el sindicato y Lula fue detenido durante alrededor de un mes bajo la Ley de Seguridad Nacional. El episodio reforzó su proyección como dirigente político opositor.

La fundación del Partido dos Trabalhadores (PT), un partido nacido en la fábrica

De ese ciclo de movilización surgió el PT, fundado formalmente en 1980. Reunió a sindicalistas del ABC, a sectores de la Iglesia católica vinculados a las comunidades eclesiales de base y la teología de la liberación, a intelectuales y a grupos de la izquierda que sobrevivían a la represión. Esa heterogeneidad fue a la vez su fuerza y una fuente permanente de tensiones internas. Poco después, en 1983, el movimiento sindical afín al PT impulsó la creación de la Central Única de Trabajadores (CUT).

Lula fue derrotado en su primera candidatura a gobernador de São Paulo en 1982, pero en 1986 fue elegido diputado federal con la votación más alta del país y participó en la Asamblea Nacional Constituyente que elaboró la Constitución de 1988.

Perder para aprender a ganar. La llegada a la presidencia en 2002 y las tres derrotas previas

Lula se presentó a la presidencia en 1989, en la primera elección directa tras la dictadura. Llegó al balotaje contra Fernando Collor de Mello y perdió con claridad en una campaña marcada por la polarización. En 1994 y 1998 fue derrotado en primera vuelta por Fernando Henrique Cardoso, beneficiado por el éxito del Plan Real contra la inflación.

Esas derrotas dejaron una lección que la literatura sobre el PT suele subrayar: para ganar, el partido debía ampliar sus alianzas, moderar parte de su programa y ofrecer garantías a sectores del mercado y del empresariado. Ese giro pragmático, criticado por sectores de la izquierda, definió la candidatura de 2002.

Un obrero que llegó a presidente

La llegada de Lula a la presidencia en 2002 fue, además de un hecho electoral, un acontecimiento simbólico en un país con fuertes jerarquías de clase y de educación formal. Su recorrido no pasó por la universidad ni por las élites políticas tradicionales, sino por tres instituciones sucesivas: la fábrica, el sindicato y el partido. El SENAI le dio una calificación técnica, el sindicato le dio una escuela de negociación y de oratoria, y el PT le dio una organización nacional para traducir ese capital político en candidatura. A ello se sumaron las tres derrotas presidenciales, que lo obligaron a ampliar alianzas y a moderar su discurso. En 2002 se presentó con el empresario José Alencar como compañero de fórmula, y la “Carta al Pueblo Brasileño” buscó tranquilizar a los mercados. El resultado fue un triunfo en el balotaje con alrededor del 61% de los votos, según las biografías de referencia (más de 50 millones de votos, el 61,27%).

Pocas semanas después, en diciembre de 2002, durante la ceremonia en que el Tribunal Superior Electoral le entregó el diploma de presidente electo, Lula se quebró en llanto al recordar las veces que lo habían cuestionado por no tener estudios superiores. La frase, que ya forma parte de la memoria política brasileña, puede traducirse así: “Yo, que tantas veces fui acusado de no tener un diploma superior, gano, como mi primer diploma, el diploma de presidente de la República de mi país”. Esto condensa la tensión que lo acompañó durante toda su carrera: fue el primer presidente brasileño sin formación universitaria, y esa condición fue usada por sus detractores como argumento de descalificación y por sus seguidores como prueba de movilidad social.

La polémica reapareció en 2023, cuando un humorista televisivo criticó públicamente que alguien sin estudios formales presidiera el país. Lula respondió que, al asumir junto a Alencar, carecían de título pero sabían que ningún país se desarrolla sin invertir en educación. Años más tarde, la distancia con aquella escena se reconfiguró de manera curiosa: Lula se convirtió en el brasileño vivo con más doctorados honoris causa, con 42 según el recuento más reciente, el primero otorgado en enero de 2011 por la Universidad Federal de Viçosa. Su biografía, en este punto, ofrece una figura de ascenso social que sus partidarios leen como la prueba de que la democracia brasileña admite que un obrero llegue a la jefatura del Estado, y que sus críticos, en cambio, cuestionan al preguntarse si la experiencia sindical y partidaria sustituye una formación técnica para gobernar.

Los primeros dos mandatos. Bolsa Familia y el boom de las materias primas

Su primer gobierno sostuvo la estabilidad macroeconómica heredada y, al mismo tiempo, amplió la política social. Los programas más asociados a su gestión son Hambre Cero y, sobre todo, Bolsa Familia, una transferencia condicionada de ingresos a familias pobres que, según numerosos estudios, contribuyó a reducir la pobreza y la desigualdad. A ello se sumaron la política de valorización del salario mínimo, la expansión del crédito, el programa de acceso universitario ProUni, el plan de vivienda Mi Casa, Mi Vida y las inversiones del Programa de Aceleración del Crecimiento. En ese período coincidió además un contexto externo favorable, con altos precios de las materias primas, que respaldó el crecimiento.

El gobierno también enfrentó el escándalo del *mensalão* (2005), una denuncia de pagos a legisladores a cambio de apoyo, que alcanzó a dirigentes importantes del PT. Lula no fue procesado en ese caso, pero el episodio golpeó al partido. Aun así fue reelecto en 2006 frente a Geraldo Alckmin. En política exterior impulsó una agenda de mayor autonomía, con protagonismo en el Mercosur, en los BRICS y en las relaciones Sur-Sur. Dejó el cargo en 2010 con niveles de aprobación muy altos y consiguió que su ministra Dilma Rousseff lo sucediera.

Años oscuros, del cáncer a Lava Jato

En 2011 le diagnosticaron un cáncer de laringe, que fue tratado con quimioterapia y del que se recuperó. En el plano político, la década siguiente fue de deterioro para el PT. La operación Lava Jato, iniciada en 2014, destapó una red de sobornos vinculada a Petrobras y a grandes constructoras, con impacto en distintos partidos. En 2016, Dilma Rousseff fue destituida mediante un juicio político que el PT denunció como un golpe parlamentario y que sus impulsores sostuvieron como un procedimiento constitucional por irregularidades fiscales.

580 días de condena, prisión e inhabilitación

En 2017, el juez federal Sergio Moro condenó a Lula en primera instancia por corrupción pasiva y lavado de dinero en la causa del departamento tríplex de Guarujá, y el tribunal de apelaciones de la región sur elevó la pena en 2018. Lula siempre sostuvo su inocencia y denunció una persecución política. Fue detenido en abril de 2018 en Curitiba, donde estuvo 580 días, y la justicia electoral lo inhabilitó para la elección de ese año, en la que triunfó Jair Bolsonaro frente a Fernando Haddad, el candidato del PT.

Fue liberado en noviembre de 2019, tras un cambio de criterio del Supremo Tribunal Federal sobre la ejecución de penas antes de la sentencia firme. En marzo de 2021, el ministro Edson Fachin anuló sus condenas por considerar que el tribunal de Curitiba no era competente, y poco después el pleno del Supremo declaró parcial al juez Moro. Los defensores de Lula leen estas decisiones como la confirmación de un proceso viciado, vinculado al *lawfare*. Sus críticos señalan que las anulaciones fueron por razones procesales y de competencia, no una absolución sobre el fondo de las acusaciones. Ambas lecturas coexisten en el debate público brasileño.

El regreso y su tercer mandato en 2022

Rehabilitado políticamente, Lula se presentó en 2022 con una amplia coalición y con el exrival Geraldo Alckmin como compañero de fórmula. Venció a Bolsonaro en el balotaje del 30 de octubre con el 50,9% de los votos frente al 49,1%, en la elección más reñida desde el retorno de la democracia. Asumió el 1 de enero de 2023 y, una semana después, el 8 de enero, seguidores de Bolsonaro asaltaron las sedes de los tres poderes en Brasilia.

Su tercer gobierno se concentró en reconstruir programas sociales, reducir la deforestación amazónica, reposicionar a Brasil en la escena internacional, con la presidencia del G20 en 2024 y la organización de la COP30 en Belém en 2025, y en moverse en un Congreso en el que la derecha tiene un peso significativo. Entre las críticas más frecuentes figuran las dificultades fiscales, la inflación de los alimentos, la seguridad pública y algunas de sus posiciones de política exterior.

Lula y América Latina, apuesta regional

La política exterior de Lula tuvo desde 2003 un fuerte componente regional, basado en la idea de que la proyección global de Brasil dependía de su liderazgo en América del Sur. En esa línea se inscribió su apoyo a la consolidación del Mercosur, su participación en la creación de la UNASUR en 2008 y, más tarde, el impulso a la CELAC. El expresidente argentino Alberto Fernández llegó a afirmar en 2022 que UNASUR y la CELAC fueron posibles gracias a Lula, una apreciación que refleja el peso que tuvo su gestión en esos proyectos, aunque otros actores participaron en su diseño.

Entre 2004 y 2017, Brasil encabezó además la misión de estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), consolidó vínculos con los gobiernos de la llamada marea rosa (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, Uruguay) y buscó mantener una posición de mediación en conflictos regionales. Esa política tuvo también costos: sus críticos le reprocharon la cercanía con gobiernos de Cuba y Venezuela y la financiación brasileña de obras de infraestructura en otros países. En su tercer mandato retomó esa agenda, con la reunión de presidentes sudamericanos en Brasilia en 2023. A esto se sumó el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, cuyas negociaciones Brasil lideró durante los últimos años.

Lula y Argentina, de Néstor a Milei

La relación de Lula con la Argentina es, para la política exterior brasileña, la más densa de la región: Brasil es el principal socio comercial argentino y ambos países comparten el núcleo del Mercosur. En los años 2000, la sintonía con Néstor Kirchner, expresada en el Consenso de Buenos Aires de 2003, marcó una etapa de coordinación política que se prolongó con Cristina Fernández de Kirchner. Esa cercanía se mantuvo durante los años difíciles de Lula: Alberto Fernández denunció los abusos de Lava Jato y, tras la victoria de 2022, fue el primer líder vecino que lo visitó. En 2017, además, ocho universidades argentinas le otorgaron doctorados honoris causa.

Con la llegada de Javier Milei la relación cambió de signo. Durante la campaña de 2023, Milei lo calificó de comunista y, ya como presidente electo, lo invitó formalmente a su asunción en un gesto de distensión. Desde entonces, los vínculos fueron fríos, con una convivencia pragmática en los canales diplomáticos. La tensión escaló en julio de 2026, cuando Milei, en el acto de lanzamiento de la candidatura de Flávio Bolsonaro en São Paulo, se refirió a Lula como “ladrón” y “presidiario”. Brasil llamó a consultas a su embajador y luego rebajó su representación diplomática al nivel de encargado de negocios. El canciller Mauro Vieira exigió detener de inmediato este tipo de agresiones para normalizar los lazos, y Lula advirtió que nadie debía intentar entrometerse desde afuera en las elecciones. En términos económicos, los especialistas recuerdan que el intercambio bilateral superó los 31.000 millones de dólares en 2025, con un déficit argentino de más de 5.600 millones, lo que muestra la interdependencia que atraviesa el conflicto político.

Elecciones de 2026, la remontada

En la primera vuelta del 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos y Lula el 45,16%, por lo que ninguno alcanzó la mayoría necesaria y ambos pasaron al balotaje del 25 de octubre. Lula reconoció su decepción y anunció que comenzaba una nueva campaña.

El 25 de octubre, el Tribunal Superior Electoral dio por definida la elección: Lula obtuvo el 51,76% de los votos válidos frente al 48,24% de Flávio Bolsonaro, con una ventaja de más de 4,3 millones de votos. La participación subió de 78,92% en la primera vuelta a 80,79% en el balotaje, y Lula logró, por primera vez en la historia brasileña, ganar un balotaje tras haber perdido la primera vuelta. Flávio Bolsonaro, por su parte, declaró que le resultaba imposible reconocer el resultado y anunció que pediría la anulación de las elecciones. Lula recibirá su diploma de presidente electo en una ceremonia que el calendario electoral prevé antes del 19 de diciembre. Será su cuarto diploma, tras los de 2002, 2006 y 2022.

La reciente reelección de Lula tiene varias lecturas posibles. La primera es la de la remontada: a las dos semanas de una primera vuelta adversa, en la que su rival lo superó por casi dos puntos, revirtió el resultado y terminó con una diferencia de más de cuatro millones de votos. La segunda es la de la movilización: con una participación que creció casi dos puntos, Lula agradeció en su discurso de victoria a la juventud que salió a la calle a defender la democracia. La tercera es la de la agenda del próximo mandato: en sus primeras palabras, anticipó una regulación de las grandes plataformas tecnológicas. A los 81 años, y con un mandato que lo llevará hasta 2030, Lula encarna una continuidad que sus seguidores celebran como estabilidad democrática. La contestación del resultado por parte de su rival abre, además, un capítulo institucional que el Tribunal Superior Electoral y el sistema judicial deberán resolver.

Un freno a la ola derechista

La reelección fue leída de inmediato en clave regional. Brasil llegaba a la elección en un contexto en el que, según un análisis difundido durante la campaña, la pregunta era si el país se subiría a la ola derechista que alentaba Donald Trump en la región, tras los casos de Argentina, Chile y Colombia. En ese marco, el triunfo ante Flávio Bolsonaro fue presentado por sus partidarios como un freno a ese avance. El expresidente colombiano Gustavo Petro escribió que el fascismo se había detenido en América Latina en Brasil, y mensajes en un sentido similar fueron difundidos por el expresidente chileno Gabriel Boric y por la expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner. Brasil, por su tamaño y su peso económico, funciona como contrapeso en un mapa regional con gobiernos de derecha en varios países.

En cuanto a la reacción regional, felicitaron a Lula presidentes de derecha como Santiago Peña, de Paraguay, y Rodrigo Paz, de Bolivia, y el presidente ecuatoriano Daniel Noboa dijo que la región comparte enemigos comunes. Eso sugiere que, para parte de la derecha latinoamericana, la relación con Brasil se define por criterios de Estado más que por afinidad ideológica.

Una (e)lección para la región

Para quienes comparten el proyecto político que Lula representa, la historia de este hombre ofrece una enseñanza más duradera que cualquier resultado puntual: las derrotas electorales no son definitivas. Lula perdió tres elecciones presidenciales antes de ganar la primera, vio a su partido atravesado por escándalos, pasó 580 días en prisión y fue inhabilitado para competir, y aun así volvió, ganó en 2022 y acaba de ganar otra vez, dando vuelta un balotaje. El mensaje para quienes aspiran a una alternativa a los gobiernos de derecha en la región es que las mayorías se construyen, que pueden revertirse en pocas semanas y que ningún ciclo político es irreversible. Esa misma lógica vale en sentido contrario: la derecha también gana elecciones y las vuelve a perder, y en la región la alternancia es la regla de una democracia que funciona. Que un obrero que no tenía diploma sea por cuarta vez presidente de la República es, antes que una consigna, una prueba de ese principio.