29 julio, 2026

LA INTERNA Y LOS INTERNISTAS. Por Sebastián Borreani

Foto: El Diplo

La interna, entonces, no es por cartel sino por una torta cada vez más chica del conchabo estatal. Porque no es lo mismo el Estado y sus dependencias después de Cristina, o incluso Macri o Alberto, que el que viene con Milei. Ojo al piojo. Las joyas de la abuela han sido rematadas, revendidas y empeñadas a mil años.

Por: sebastian borreani

En primer lugar

… como decía el general, en los hombres no se juega el destino de la patria sino en los movimientos. Y dicho sea de paso, primero está la patria y luego todo lo demás. La patria, a su vez, es el pueblo, y no las instituciones que cobijan a los funcionarios de carrera o a los políticos profesionales. No es un ministerio, no es una dirección, o una secretaría. La patria es la masa indiferenciada de rostros anónimos que van a trabajar todos los días por un salario miserable y hoy se están cagando de hambre.

En segundo lugar

… si el movimiento nacional es lo importante, lo es en tanto el conductor logra el equilibrio unificado de las fuerzas diferenciadas que lo componen. En criollo, el conductor logra unificar vastas tendencias políticas, aún con tensiones, porque como también decía Perón, las tendencias van de la mano y ninguna debe imponerse sobre la otra, porque el movimiento pierde capacidad representativa y se disuelve en rencillas estúpidas. Está en el Martin Fierro en aquello de “Los hermanos sean unidos, esa es la ley primera”. Quizás convenga volver a leer a José Hernández y menos a Judith Butler.

La interna pues

…si el votante promedio se pregunta por qué existe una interna en el peronismo, siendo tan fácil divisar al enemigo, la respuesta es simple: para el militante profesional y para la estructura que lo contiene, no está claro el botín que garantice la supervivencia de la orga en el Estado. No sienten nuestro dolor, y de hecho, su horizonte mental y fenoménico muere en el espacio endógeno de sus relaciones sociales, donde es imposible experimentar la cotidianidad pura y abrumadora del que cuenta moneditas para llegar a fin de mes —y no llega—. En todas las crisis, han caído parados.  

Mark Fisher sostenía en Realismo capitalista que en el campo de las prácticas políticas del capitalismo posmoderno, las organizaciones de derecha a izquierda tienden a  reemplazar el objetivo de transformar la realidad por el objetivo de reproducir sus condiciones de supervivencia. Todo esto bajo la máscara de los viejos discursos que terminan operando como marcas de posicionamiento —Kirchnerismo, peronismo, izquierda trotskista, Macrismo, etcétera— y de reconocimiento para sus militantes —que devienen en audiencias—. El cálculo del esfuerzo político se reduce a una, y solo una cosa: garantizar el espacio de la negociación en beneficio de las estructuras políticas, que encima son muchas.

La interna, entonces, no es por cartel sino por una torta cada vez más chica del conchabo estatal. Porque no es lo mismo el Estado y sus dependencias después de Cristina, o incluso Macri o Alberto, que el que viene con Milei. Ojo al piojo. Las joyas de la abuela han sido rematadas, revendidas y empeñadas a mil años. Los terrenos alquilados y sub-alquilados mientras el quincho arde en llamas a espaldas de los herederos que se reprochan ausencias y presencias frente al féretro de la difunta. Ese Estado reducido a su mínimo exponente, para las estructuras políticas que quieren usufructuarlo bajo la lógica prebendista, no alcanza para todos.

Esta es la tensión real que condiciona la interna. Sí, hay egos que hacen que ciertos políticos se vean en el espejo y piensen que son el Chacho Peñaloza o Güemes -Rivadavia o Mitre, según los gustos-; hay también cierto tufillo a herencia monárquica del trono político, legitimada por los ecos de personas que hoy comen polenta y mañana quizás nada. Pero todo esto sería tolerable, y hasta pintoresco, como culebrón de telenovela argentina. El problema es lo que subyace oculto a esta comedia de enredos que desata pasiones entre muertos de hambre, y que no se ve porque está naturalizado como “el juego de la política”.

De la gula y la sordera

…en definitiva, no es una época muy heroica para la política del peronismo y eso explica bastante de lo que sucede en los bastidores a los que jamás podremos asistir porque es acceso vip de la oficialidad política. Y siendo justos, si el lamento del pueblo argentino no es una prioridad para el oficialismo, para los que participan y fomentan una interna que expresa deseos personales y sueños de retorno —sin haber ensayado una sola crítica, hay que decirlo—, tampoco es una prioridad. Lo heroico sería emerger como el candidato de la unidad porque el verdadero dirigente campea en la tormenta. Pero para eso hay que ceder en relación a un bien común o al menos no ser tan angurrientos. No parece que eso vaya a suceder.  

De hecho, sordos a cualquier crítica de las bases, los internistas olvidan que la emergencia de Milei no fue la respuesta enojosa de una serie de incels dolidos por los chistes de Malena Pichot, ni el resultado de una brillante campaña de propaganda política. Si “los discursos de odio” se pusieron de moda -categoría estúpida si las hay, digna de intelectuales enojados que renunciaron a pensar la realidad nacional-, es porque el pueblo fue ganado por el discurso de la antipolítica frente a la desilusión con la política tradicional. Milei es, sí, por un lado el producto de la injerencia norteamericana. Pero por el otro, es un producto que sí logra penetrar en el espacio de la política nacional, lo hace frente a una ciudadanía cansada del simulacro de peronismo que fue el gobierno de Alberto Fernández —que fue, además, el gobierno de la interna constante y desgastante—.  

Foto: El País

Se busca gran conductor


            … no es moco de pavo pensar que Perón no fue legitimado como líder del movimiento obrero a partir de un acuerdo realizado por profesionales de la política, entre gallos y medias tintas. Perón entendió que la década infame había generado las condiciones para movilizar a las masas obreras como fuerza de transformación política, y que el conductor de ese movimiento tenía que unificar en su persona las contradicciones de una sociedad atravesada por tensiones sociales diversas. Perón entendió el tiempo y la oportunidad para llevar a cabo una revolución nacional que fue, nuevamente, derrotada por la oligarquía. Pero estas variables fueron históricas y Perón el emergente del fracaso de las aspiraciones oligárquicas sostenidas con el fraude patriótico.

Ni las internas a cuchilladas, ni los candidatos elegidos a dedo, crean las condiciones históricas que encarnan en los hombres el espíritu de una época —para bien o para mal—. En el dirigente, si es bueno, estará el saber leer la época y actuar en consecuencia, pero su desempeño como conductor del movimiento está legitimado por el pueblo que en su amplia mayoría lo designa como su conductor, precisamente porque ve en él la encarnación del espíritu de época que lo llama a conducirlas en su beneficio.

Esta conexión no se crea artificialmente. Tampoco es el resultado de una estrategia brillante de marketing político ni se puede forzar en un retorno melancólico al líder que ya no encarna el espíritu de época. Pero por sobre todas las cosas, estas condiciones y este reconocimiento de la conducción, no se puede lograr en una mesa chica y de espaldas al pueblo.  

Foto: El Diplo