La Revista LÍNEA. Una mirada alternativa de la transición democrática (1983-1988). Por: Cristian Martin

Lo que nos interesa indagar en las siguientes páginas es cómo esta revista analizó tanto el derrotero político y social de la Argentina como las pugnas internas del peronismo durante el período 1983-1988, una temporalidad que se inicia con el retorno democrático, la derrota electoral del peronismo y la asunción de Raúl Alfonsín como presidente el 10 de diciembre de 1983, y culmina con la victoria de Carlos Menem en las elecciones internas del Partido Justicialista en julio de 1988.
Por: Cristian Martin (Una mirada alternativa de la transición democrática: la Revista Línea frente al alfonsinismo y la Renovación Peronista, 1983-1988.)
I. Introducción
Lanzada al mercado por primera vez en junio de 1980 en el contexto de la última dictadura militar, la revista Línea rápidamente se convertiría en un importante espacio de difusión de las ideas peronistas, nacionalistas y revisionistas, que ejercería durante las décadas de 1980 y 1990 una férrea oposiciónal gobierno militar y más adelante a los gobiernos democráticos de Raúl Alfonsín y Carlos Saúl Menem.
En el campo académico los estudios sobre Línea han sido escasos, limitándose al período 1980-1983, en el cual, bajo la dirección del historiador José María Rosa, la revista encabezó una oposición frontal a la dictadura y bregó por el restablecimiento del estado de derecho y la reorganización partidaria del peronismo. En este trabajo, por el contrario, se extenderá la investigación tanto en los contenidos como en la temporalidad.
Lo que nos interesa indagar en las siguientes páginas es como esta revista analizó tanto el derrotero político y social de la Argentina como las pugnas internas habidas en el peronismo durante el período 1983-1988, una temporalidad que inicia con el retorno democrático, la derrota electoral del peronismo y la asunción de Raúl Alfonsín como presidente el 10 de diciembre de 1983, y culmina con la victoria de Carlos Menem en las elecciones internas del Partido Justicialista en julio de 1988. La elección de este recorte fue pensada en relación al período de transición y consolidación del sistema democrático en la Argentina, el cual, por cierto, no puede ser disociado de los cambios ocurridos en el modelo de acumulación capitalista, que sustituyó al viejo modelo fordista, keynesiano y de Estado de bienestar por un nuevo modelo de apertura comercial, financiarización de la economía e imposición del mercado como rector principal de la vida política, económica y social. En palabras de Juan Suriano, “En realidad, la transición política del autoritarismo a la democracia se llevó a cabo de manera simultánea con el pasaje de una economía dirigida a una de mercado” (Suriano, 2005: 21). Nuestro objetivo es, precisamente, examinar como Línea analizó este doble proceso.
El trabajo estará dividido en cuatro apartados; en el primero de ellos nos detendremos en las características de la revista Línea,su historia, sus orígenes, su trayectoria, las personalidades que la integraron, sus ideas y sus objetivos; en el segundo apartado hablaremos sobre las ideas sostenidas por Línea durante el gobierno de Raúl Alfonsín en relación a los tópicos de la democracia, los derechos humanos y las transformaciones socioestructurales que legó la dictadura militar; en el tercer apartado pondremos la mira en los análisis de Línea respecto al devenir del peronismo luego de su derrota electoral en 1983, sus críticas a la Renovación Peronista, su rivalidad con la revista Unidosy su apoyo a la candidatura de Carlos Menem en las internas partidarias del justicialismo de cara a las elecciones presidenciales de 1989; finalmente, en un cuarto y último apartado se dará lugar a las conclusiones.
Para poder llevar a cabo este trabajo se utilizarán como fuentes distintos números de la revista en el período de análisis y una entrevista realizada a Javier Gentilini, miembro de la revista durante varios años.

II. Origen y propósitos de Línea
La revista Línea comenzó a publicarse en junio de 1980, en plena dictadura militar, pero sus orígenes se remontan al año 1977, cuando Rubén “Chacho” Contesti[1] empezó a organizar cursos de historia en Rosario, en instituciones católicas, como una vía de reagrupar a la militancia peronista sin padecer los costos de la represión. En uno de sus frecuentes viajes a Buenos Aires, Contesti conoció a Fermín Chávez[2], quien, le propuso que invitara también a José María Rosa. Fue a partir del encuentro entre Contesti y Rosa que ambos constituirían una sociedad que llevaría a la creación de un grupo político, el cual tuvo entre sus actividades la creación, difusión y comercialización de una revista, Línea, de contenido político e histórico, y pensada como un medio desde el cual se podría combatir a la dictadura militar (Lucero, 2018). Con su primer número elaborado y difundido en junio de 1980, Línea tuvo un amplio recorrido que excedió largamente al tiempo de la dictadura militar, publicándose en una primera etapa hasta fines de 1991, con el subtítulo de La voz de los que no tienen voz, y en una segunda etapa, que va desde 1996 hasta 2000, con el subtítulo modificado a De la protesta social hacia el proyecto nacional y popular, siendo dirigida por José María Rosa hasta mediados de 1983, y, desde ese entonces, tanto en la primera como en la segunda etapa, por Rubén Contesti[3].
Tal como lo señala Javier Gentilini –quien formó parte del elenco de la revista desde febrero de 1984 hasta sus últimos días–, “la revista era expresión de una organización política; no era una revista y punto, era el órgano de comunicación de un grupo político”[4]; el medio de difusión de una naciente agrupación política surgida en el seno del movimiento peronista y liderada por Rubén Contesti que en sus comienzos se autodenominó como Línea Nacional, pero que con el correr de los años pasaría a ser identificada por propios y extraños simplemente como “el grupo de Línea”.
Justamente fue la pertenencia al movimiento peronista lo que le permitió a esta agrupación poder difundir a Línea más allá de la venta en los puestos de diarios y revistas, e incluso recibir financiamiento[5] para su publicación. De acuerdo a Javier Gentilini:
Al tener una inserción muy fuerte en el peronismo, y durante el gobierno de Alfonsín, [la revista] tenía una ramificación de distribución vía sindicatos y municipalidades, digamos, cuyos intendentes del peronismo estaban de acuerdo con la línea política que se transmitía a través de la revista[6].
En el momento de su lanzamiento, la revista se proponía tener una incidencia política en dos planos: por un lado, convertirse en el principal medio crítico de la dictadura, ser efectivamente “La voz de los que no tienen voz” (Lucero, 2018; Raíces y Borrelli, 2017), atacando al régimen militar tanto por su ilegitimidad de origen como por la política sistemática de desindustrialización llevada a cabo por José Alfredo Martínez de Hoz; por otra parte, también buscaba influir en la rearticulación organizativa del peronismo, adoptando una postura intransigente contra aquellos dirigentes del movimiento que se prestaran a entrar como interlocutores en el “diálogo político” inaugurado por la dictadura en 1980, la cual, en plena decadencia, ya estaba pensando en una potencial retirada lo más ordenada posible. En este sentido, Línea tuvo desde sus columnas un papel activo en la denuncia del “Proceso” y de los dirigentes peronistas “dialoguistas”, e incluso instó a la unión de los distintos partidos políticos –en una confluencia que luego terminaría siendo la Multipartidaria–, para acabar con la dictadura.
Si bien la lucha contra el “Proceso” no admitía exclusión alguna, desde un primer momento Línea dejó asentada la posición ideológica desde la cual se dirigía a sus lectores, que conjugaba la adscripción política a un peronismo de tipo ortodoxo[7] con una interpretación de la historia nacional basada en los preceptos del Revisionismo histórico[8],corriente historiográfica que reconocía la existencia de un movimiento nacional cuyo sujeto histórico era la clase obrera peronista, y que concebía a la historia nacional como una eterna disputa entre dos fuerzas antagónicas, una de carácter nacional, popular y plebeyo, y otra de carácter liberal, elitista, oligárquico, extranjerizante y antipopular.
A lo largo de los años, la extensión de la revista por lo general ha sido de 50 páginas, comenzando con una editorial escrita por el director –primero Rosa y luego Contesti–, y continuando con secciones de política nacional, política internacional, sindicalismo, cultura, libros e historia; con respecto a esta última, el uso del pasado constituyó un elemento central en la construcción de los argumentos y los objetivos esgrimidos por la revista[9], la cual, si en un primer momento dio la pelea por la rearticulación organizativa del peronismo y la confluencia entre los distintos sectores políticos para acabar con la dictadura militar, con el advenimiento de la democracia se convertiría en una verdadera trinchera de un peronismo “verdadero” (Altamirano, 1992), celoso de su historia y renuente a las transformaciones ideológicas y culturales producidas durante la Argentina de la transición democrática.

III. Democracia, derechos humanos y la herencia de la dictadura
Los comicios del 30 de octubre de 1983 que dieron ganador al radical Raúl Alfonsín fueron un punto de inflexión en la historia argentina. El proceso político que se abría en 1983 con Alfonsín como figura estelar implicaba un cambio de paradigma en el pensamiento político nacional. Desde la irrupción del peronismo en 1945 las dicotomías entre “patria y colonia”, “pueblo u oligarquía” y “liberación o dependencia” determinaron la matriz de pensamiento de tipo nacional-popular y antiimperialista, que consideraba que la Argentina era una nación oprimida por una alianza que contenía a la oligarquía local y al imperialismo extranjero, y que sostenía que si se quería alcanzar la liberación nacional era necesario confrontar y derrotar a estos sectores. Si esta matriz de pensamiento fue hegemónica durante el proceso de radicalización de fines de los ’60 y principios de los ’70 y tuvo al peronismo como su principal estandarte (Manzano, 2017), el fracaso de la experiencia del tercer peronismo y la espiralización de una violencia que llegaría a su paroxismo durante la última dictadura militar marcarían su agotamiento. Nociones como dependencia, imperialismo y liberación nacional perderían terreno a manos de un nuevo paradigma centrado en el respeto a la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho, y que sería levantado por el flamante presidente radical.
Frente al nuevo escenario político, social e ideológico que se abría con el retorno democrático Línea no dudaría en adoptar una postura fuertemente crítica del gobierno de Alfonsín, con cuestionamientos que se basaban precisamente en las premisas sostenidas por el paradigma nacional-popular y antiimperialista. Para la revista, la transición de un régimen dictatorial a uno democrático era un aspecto superficial que ocultaba la verdadera continuidad que se manifestaba entre democracia y dictadura. En la editorial del número 63 de febrero de 1985 titulado Ni reir ni llorar. Comprender, Rubén Contesti escribe:
Aquí está. Con sus virtudes y defectos esta es la democracia dependiente de los poderes mundiales y obediente a sus dictados
Aquí está, confirmada, la certeza de los trabajadores argentinos, y confirmada también la inviabilidad de los sectores medios.
Porque su experiencia y su conciencia políticas daban a los trabajadores la certeza que sólo la liberación nos devolverá la Patria y que sin lucha no hay liberación.
Los sectores medios, en cambio, prefirieron seguir una ilusión. La recuperación del sistema republicano, el estado de derecho, el funcionamiento de los poderes constitucionales, eso bastaba para modificar la situación recibida del Proceso y tenía la ventaja de que era contra nadie.
No querían luchar. Prefirieron no ver. La consigna contra la “dictadura militar” no iba, -no quería ir- más allá de eso. (…)
La ilusión ha terminado. Lloran hoy los que ayer reían porque creían, querían creer, que era posible liberarse del Proceso y también de los trabajadores; del imperialismo y simultáneamente del Pueblo-Nación. Hoy se revelan incapaces de conducir la liberación nacional, agotadas ya las tareas de la “reconstrucción democrática”, que no van más allá del formalismo liberal, temerosos de cualquier intento de democratizar la economía, la cultura, el poder político.
La continuidad del reinado de la mafia financiera evidencia el fin de la ilusión y preanuncia la disolución del circo alfonsinista, contradictorio conglomerado donde los sectores medios pusieron los votos y la oligarquía y el imperialismo las políticas.
(Línea, 1985: 2).
Las palabras de Contesti reflejan la mirada escéptica que la revista tenía de la democracia recientemente instaurada, la cual, más allá de sus indudables garantías en materia de derechos civiles, ciertamente no daba muestras de poder confrontar y desmontar el proyecto de concentración económica y fragmentación de los sectores populares impulsado y concretado durante los años del Proceso de Reorganización Nacional (Villarruel, 1985). En la editorial del número 72 de enero de 1986, titulada Resignación colonialo esperanza nacional, Contesti sostiene que:
El gobierno completa la obra del Proceso, y al hacerlo, lo perfecciona, corrige y supera. Porque aún el malhadado Proceso tuvo bolsones de resistencia (CNEA Atómica), hasta algún alarde de grandeza (el mundial 78) y la rebeldía histórica del 2 de abril que ahora el alfonsinismo viene a “corregir” convirtiéndose en el gobierno de mayor garantía mundial para la banca y las transnacionales (Línea, 1986a: 1).
La asociación que establece Línea entre el gobierno radical y el gobierno militar da cuenta de una interpretación que, por sobre todas las cosas, priorizaba el análisis de los aspectos socioestructurales legados por la dictadura. De acuerdo a Javier Gentlini:
La dictadura no solamente era responsable de los desaparecidos, perseguidos, secuestrados, torturados y encarcelados, sino también, y fundamentalmente, del proceso económico regresivo que había puesto en marcha, eso lo tuvo siempre claro Línea; siempre planteó las dos [problemáticas]. No se concentró solamente en la cuestión digamos de derechos humanos; porque era la cuestión política y la cuestión económica; y a qué venía la dictadura. No era solamente que venía a disciplinar y punto; venía a transformar estructuralmente a la Argentina para acomodarla en clave neoconservadora, a, bueno, al problema de siempre (…) si te subordinas a la división, digamos de la economía y el poder a nivel geopolítico, y que tenés que hacer en función de eso. Eso estaba clarísimo, cosa que yo sigo pensando hasta el día de hoy[10].
La afirmación de Gentilini coincide con las editoriales de Contesti y con otros artículos que aparecen en distintos números de la revista en relación al plan trazado por la dictadura; este habría consistido en un despliegue represivo de carácter instrumental para poder imponerun nuevo modelo económico tendiente a la concentración, reprimarización, desindustrialización y valorización financiera, y con dos objetivos fundamentales: por un lado, disciplinar al movimiento obrero, acabar con los elevados niveles de movilización social y producir una redistribución de los ingresos en favor del capital, y, por otro lado, adaptar la dinámica de la economía argentina a las nuevas coordenadas del capitalismo mundial, ahora en su fase financiera y posindustrial[11].
La centralidad que teníaen la revista la denuncia de los efectos del proyecto político, económico y social de la dictadura que el gobierno de Alfonsín no parecía dispuesto a combatir contrastaba con su cobertura respecto a las cuestiones relacionadas al ámbito de los derechos humanos, tanto en lo que refería al juzgamiento de las juntas militares como de las acciones emprendidas por los organismos de derechos humanos.
Al preguntársele por la mirada y la cobertura que Línea tenía de la cuestión de los derechos humanos, Javier Gentilini afirma que la misma:
Ocupó bastante lugar entiendo hasta el ’83. A partir del ’84, con el tema del radicalismo, Alfonsín y la política que iba a llevar adelante, ocupa un lugar de, obviamente reconocimiento, respeto y demás, pero no forma parte del centro del discurso político, de la línea política de la revista (…) Era, sí a la cuestión, obviamente planteando la responsabilidad de la dictadura y lo que hay que hacer con la dictadura; en ese sentido, los milicos, responsables de eso, pero, miremos acá [al presente]; osea, esto sí [el apoyo a la causa de los organismos de derechos humanos], pero miremos acá [al presente] (…)había que machacar más en lo otro [la herencia económica y social de la dictadura] porque lo otro [la cuestión de los derechos humanos y la averiguación del paradero de los desaparecidos] era como que naturalmente se resolvía; se resolvía hasta donde se podía resolver, porque vos a los muertos no los podés levantar más, pero estaba resuelto. El curso de acción digamos desde el punto de vista del amplio espectro de la política en la Argentina tenía resuelto ese tema (…), lo que no estaba resuelto era lo otro [la herencia económica y social de la dictadura][12]
Al preguntársele si el hecho de que la mayoría de los desaparecidos fueran militantes peronistas no incidía en la sensibilidad de la revista, el entrevistado comenta:
La tocaba [a la revista, la desaparición de militantes peronistas] pero también no solamente porque era la militancia política sino también la militancia sindical (…) fueron militantes de las organizaciones especiales [organizaciones armadas] y los militantes sindicales de base, el sujeto directo, digamos, de la represión. Entonces, digamos, podemos decir que: che, no era [que] nosotros estábamos acoplados a la prédica virtualmente única de los organismos de derechos humanos, sino que, ellos tenían su lugar [en la cobertura que hacía Línea del tema] con la crítica que nosotros hacíamos de la militarización de la política de los años setenta, el despelote del campo popular en esos años que le abre completamente la puerta a la dictadura, porque sino decís: ¿Che, la dictadura como bajó, como llegó, en un plato volador? No llegó en un plato volador, ¿estamos? Logró tener la oportunidad, el vacío de poder y el quilombo en el campo popular para meterse; con la aprobación de la mayor parte de la sociedad civil en Argentina, además[13].
De esta manera, en la mirada de la revista la cuestión en torno a los derechos humanos y los traumas del pasado reciente debían funcionar como un insumo para la reflexión dentro del campo popular sobre el fracaso que había posibilitado la irrupción de la dictadura militar. Sin embargo, las luchas encabezadas por los organismos de derechos humanos, aunque eran comprendidas y respetadas, eran, a ojos de la revista, secundarias en relación a la cuestión que se percibía como más acuciante, que era la persistencia de las transformaciones socioestructurales de la dictadura en la nueva democracia.
Para salir de ese laberinto, la revista apostaba a la reconstrucción del movimiento peronista, golpeado por la derrota de 1983. En el siguiente apartado veremos cómo Línea analizó derrotero del peronismo en su primera experiencia como oposición democrática.

IV. Ni renovadores ni “ortodoxos”
La otra cara del triunfo de Alfonsín fue la catastrófica derrota del peronismo, que trajo consigo un profundo cuestionamiento por parte de distintos sectores del movimiento a la conducción del mismo, que en ese momento estaba a cargo de la llamada “ortodoxia”, la facción sindical encabezada por Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias, quienes no tardarían en recibir la acusación de ser los “mariscales de la derrota”. Ciertamente su descredito no podía separarse del auge del nuevo paradigma democrático que implicaba el triunfo de Alfonsín, quien en su campañapresidencial había denunciado la existencia de un “pacto sindical-militar” que colocaba a las cúpulas sindicales dentro de una órbita autoritaria que debía ser superada en los nuevos tiempos democráticos.
Fue en este contexto político e ideológico que se produjo el ascenso del proyecto liderado por Antonio Cafiero conocido como la Renovación Peronista. Además de terminar con la hegemonía de la dirigencia sindical y desplazar a los “mariscales de la derrota” de la toma de decisiones, los renovadores veían la necesidad de adaptar la doctrina peronista a los nuevos tiempos; más precisamente, articular la tradición nacional y popular legada por Perón con los valores y las formas de una democracia liberal que parecía asentarse de manera definitiva en la cultura política argentina (Garategaray, 2013). Para poder llevar a cabo esa empresa los renovadores contaban dentro de sus filas con un grupo de intelectuales que se nuclearon en torno al proyecto de la revista Unidos, dirigida por el futuro vicepresidente de la nación Carlos “Chacho” Álvarez, que funcionaba como un órgano de pensamiento y de difusión de las ideas renovadoras.
Se abría así una etapa que se desarrollaría a lo largo de la década del ’80, marcada por la disputa en torno a la conducción del movimiento y las distintas estrategias que se planteaban para afrontar la experiencia alfonsinista. Pero frente a esta disputa entre “renovadores” y “ortodoxos”Línea se mostraría prescindente. Al respecto, un artículo titulado La falsa interna y el surgimiento de Ubaldini del número 75 de mayo de 1986 dacuenta del rechazo equidistante hacia ambasfacciones. El mismo comienza refiriéndose a la trayectoria de los sectores medios en el peronismo:
Hoy una parte significativa de la militancia proviene de esas juventudes universitarias incorporadas al Peronismo en la década del 60 y principios de los años 70, juventudes débilmente adoctrinadas en el pensamiento y la historia peronista y hoy devenidas (los que se quedaron) en una suerte de clase media peronista, en cuya conciencia política coexisten contradictoriamente su adhesión sincera al Movimiento y pautas culturales y prejuicios producto de la colonización pedagógica (Línea, 1986b: 5)
Refiriéndose algunas líneas más adelante al rol que estos detentan en la actualidad:
Lo cierto es que la clase media peronista compró el producto: es renovadora. Su propuesta última es lograr encumbrarse en la conducción del Peronismo, hacer de él un partido orgánico y moderno imitando a los partidos europeos y subordinar a los sindicatos a la línea y dirección políticas del partido (Línea, 1986b: 6)
Y concluyendo:
En síntesis: la clase media, peronista y no peronista, es democrática en el sentido ideológico que impone el imperio y que los medios de comunicación y el sistema cultural de dominación difunden. Y en ese sentido, y aunque no lo sepan, están más cerca del democrático Alfonsín (aunque sea colonial) que el proyecto peronista expresado en “movimiento” porque les suena a totalitario.
En el fondo, es el mismo proyecto (de ir separando las partes que costó tanto ir acercando al proyecto común de la liberación), que hoy se llama renovación, ayer montonerismo, y antes de ayer, neoperonismo (Línea, 1986b: 6)
Luego de denunciar la maniobra de los renovadores, el artículo prosigue apuntando a la conducción “ortodoxa”, afirmando con indignación que:
Ya es hora de preguntarse qué tiene que ver la ortodoxia (doctrinaria) en el Movimiento con una dirigencia fracasada, caduca, y en algunos casos, hasta corrompida y colaboradora del Proceso y hoy cómplice del entreguismo alfonsinista.
Entre la cúpula designada por el periodismo (para burla del Movimiento) como “ortodoxa”, es difícil encontrar un ortodoxo, es decir, alguien que no niegue las tesis fundamentales de nuestra doctrina, las sienta y las practique. (…)
El desprecio que este sector tiene por la verdadera militancia, por el proyecto peronista y por el pueblo, corren parejos. No es menor la indiferencia que la militancia siente por ellos, convirtiéndolos en una cascara vacía de todo contenido. Con la audacia y el aventurerismo de toda banda, llegaron a apoderarse de la dirección formal del Partido y de la rama gremial peronista y lo llevaron a la fractura, a la derrota y lo que es peor, a la vergüenza (Línea, 1986b: 6)
Frente a aquella “falsa interna”el artículo exalta la figura de Saúl Ubaldini, quien desde el año 1984 se venía consolidando como el principal referente del movimiento obrero y de una CGT combativa[14]. En palabras del artículo “La conducción es una evidencia. Cuando la hay no hay ‘interna’ que valga. Y desde hace tiempo y crecientemente, a la militancia peronista la conduce Ubaldini” (Línea, 1986b: 7)
Precisamente, el sindicalista cervecero se convertiría en la principal referencia de la revista, que lo veía como el conductor natural de un peronismo que debía preservar su tradicional esquema organizativo de tipo movimientista. De acuerdo a Javier Gentilini:
El proyecto propio de Línea tenía más que ver con lo que nosotros entendíamos, lo que entendía Línea en ese momento respecto de cómo tenía que ir el peronismo, como tenía que posicionarse el peronismo, atendiendo a lo que era la forma organizacional convencional del peronismo que era la movimientista, donde se articulaban organizaciones políticas y organizaciones sindicales (…) en articulación con otros sectores de la sociedad civil como podrían ser una federación de pequeña y mediana empresa o, digamos, determinadas confederaciones de otros tipos de actividades económicas que compartieran el proyecto nacional. Desde ahí que se entendía la forma organizativa del movimiento; cosa que la Renovación, a través de su órgano de difusión más importante que fue la revista Unidos, atacaba directamente. “Chacho” Álvarez, a la cabeza, pensaba, como intelectual orgánico de la renovación, que el peronismo tenía que dejar de ser un movimiento para convertirse en un partido político moderno al estilo de las socialdemocracias europeas; eso dejaba a los sindicatos afuera, y los dejaba afuera porque en realidad [a Unidos y la Renovación] no les importaba el modelo de país[15]
Pero a medida que transcurría la década de 1980, y aún con el protagonismo decisivo que Ubaldini tenía en la vida política nacional, resultaba cada vez más claro que los renovadores habían triunfado en su objetivo de transformar la lógica movimientista del peronismo e imponer el liderazgo de los políticos profesionales por sobre las organizaciones sindicales. Sin embargo, y de manera paralela, el proyecto renovador tal y como se lo había concebido también comenzaría a erosionarse.
Antonio Cafiero parecía ser el candidato natural a la presidencia por parte de un peronismo que ya para fines de 1987 se sentía triunfador y con la certeza de que en 1989 volvería al gobierno nacional. No obstante, frente al proceso electoral que se avecinaba Cafiero sería desafiado por el gobernador de La Rioja Carlos Saúl Menem, quien a pesar de haber sido uno de los protagonistas más importantes de la Renovación comenzaría a tejer alianzas con distintos sectores del peronismo que habían sido desplazados y relegados en el proceso de toma de decisiones a manos de los renovadores; no solo con facciones del sindicalismo como las 62 Organizaciones o el “grupo de los 15”, sino también con lo que quedaba de las organizaciones políticas y armadas del peronismo de los ’70, con grupos tan disimiles como el Comando de Organización y Montoneros. Sumado a ello, las características personales de Menem, con una retórica fuertemente populista y crítica del centralismo de Buenos Aires, y una estética que lo asemejaba a los caudillos federales, lo hacían ver como un representante más fidedigno de los valores populares y plebeyos del peronismo que Cafiero y su sequito (Ivancich, 2004).
En julio de 1988 se produjeron las elecciones internas entre Menem y Cafiero para elegir al candidato presidencial del Partido Justicialista de cara a las elecciones de 1989, con Línea apoyando a Menem, a la postre ganador de aquella contienda.
Con la candidatura a presidente y posterior consagración de Menem, el peronismo volvía a ser gobierno. Aunque inicialmente entusiasmado, el elenco de Línea rápidamente se vería defraudado por el giro neoliberal de Menem, y no dudaría en ejercer desde sus columnas una tenaz oposición al gobierno que en un primer momento creyeron propio, aunque esto último ya es un tema que excede los marcos temporales del presente trabajo.
V. Conclusiones
A lo largo de estas páginas nos propusimos ver el derrotero de la revista Línea en el período 1983-1988, signado fundamentalmente por el retorno democrático y por los debates y las disputas que se dieron dentro del peronismo en el marco de su primera derrota electoral y su primera experiencia como oposición a un gobierno democrático.
Como pudimos ver a partir del análisis de algunas editoriales del director Rubén Contesti y del testimonio provisto por Javier Gentilini –integrante delstaffdesde 1984–, esta revista se distinguió del grueso del campo político e intelectual de la década de 1980 en lo que refiere a su mirada respecto al proceso de democratización iniciado en 1983. Orientada en las nociones tradicionales del paradigma nacional-popular y antiimperialista,Línea denunció desde un primer momento la superficialidad del nuevo orden institucional, al señalar una continuidad entre dictadura y democracia que se expresaba en las transformaciones socioestructurales que había impulsado el “Proceso” –que incluyeron entre otras cosas un proceso de concentración económica, desindustrialización y un empobrecimiento y debilitamiento de la clase obrera y los sectores populares– y que el gobierno de Alfonsín no parecía dispuesto a revertir.
La centralidad que tenía este tópico en la revista contrastaba con la cobertura brindada respecto a las violaciones a los derechos humanos de la dictadura y el papel activo que estaban teniendo los organismos de derechos humanos en la búsqueda de la verdad y la justicia. En todo caso, la cobertura del pasado más reciente tenía una función más bien reflexiva, con el fin de entender por qué fracasó el peronismo en los ’70.
En lo que respecta a las internas del peronismo, hemos visto la crítica que la revista formuló tanto a la agotada conducción de la “ortodoxia” como también a la emergente corriente renovadora, cuyos esfuerzos por adaptarse a la lógica democrático-liberal de los nuevos tiempos se contraponía con la defensa que Línea hacía de la lógica movimientista.
Consideramos que el estudio de la revista Línea constituye una interesante y aún no suficientemente explorada vía para adentrarse en el conocimiento de los debates y de las distintas miradas habidas en torno al proceso de democratización de los años ’80.

BIBLIOGRAFÍA:
- Águila, Gabriela (2023). Historia de la última dictadura militar. Argentina, 1976-1983. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
- Altamirano, Carlos (1992). El peronismo verdadero. Punto de Vista, (43), 6-10.
- Borrelli, Marcelo y Raíces, Eduardo (2017). Un “juego solitario”: La revista peronista Línea y el “diálogo político” durante la dictadura militar (1980-1981). POSTData, 21 (2), 453-487.
- Borrelli, Marcelo y Raíces, Eduardo (2019). La revista peronista Línea y la Multipartidaria (1981-1982): unir al “campo nacional” para aislar a la dictadura. Quinto Sol, 23 (1), 1-22.
- Garategaray, Martina (2013). Entre Perón y Alfonsín: Notas sobre la Renovación peronista (1983-1988). Temas Y Debates, (25), 35–57.
- Goebel, Michael (2013). La Argentina partida. Nacionalismos y políticas de la historia. Buenos Aires: Prometeo Editorial.
- Ivancich, Norberto (2004).La larga marcha: de la institucionalización del PJ hasta la instauración del menemismo. Argentina Reciente. Ideología y política contemporáneas, (2), 7-46.
- Lucero, Mario Martín (29-31 de agosto de 2018). “La voz de los que no tienen voz”, las editoriales de José María Rosa en la revista Peronista Línea durante la última dictadura militar (1980-1983).VI Congreso de Estudios sobre el Peronismo (1943-2018), Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo, Buenos Aires.
- Manzano, Valeria (2017). Cerca de la revolución. La juventud se politiza. En Valeria Manzano,La era de la juventud en Argentina. Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla (pp. 247-301). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
- Palomino, Héctor (2005). Los cambios en el mundo del trabajo y los dilemas sindicales. En Juan Suriano (Ed.), Nueva Historia Argentina, tomo 10: Democracia y dictadura (1976-2001) (pp. 377-442). Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
- Quattrocchi-Woisson, Diana (1995). Los males de la memoria: historia y política en la Argentina. Buenos Aires: Emecé Editores.
- Raíces, Eduardo (2012). Ante “un acto de locura patriótica”. La revista Línea aborda el conflicto de Malvinas. Question, 1 (33), 83-97.
- Suriano, Juan (2005). Introducción: una Argentina diferente. En Juan Suriano (Ed.), Nueva Historia Argentina, tomo 10: Democracia y dictadura (1976-2001) (pp. 11-33). Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
- Villarruel, Juan (1985). Los hilos sociales del poder. En Eduardo Jozami, Pedro Paz y Juan Villarruel(Eds.), Crisis de la dictadura argentina: Política económica y cambio social 1976-1983. Buenos Aires: Siglo XXI.
FUENTES CONSULTADAS
- Revista Línea: números 63, 72, 75.
ENTREVISTAS
- Javier Gentilini, 15 de agosto de 2024.
[1]La información relativa a Rubén Contesti es escasa, pero se sabe que es abogado, oriundo de Rosario, que militó en el Encuadramiento de la Juventud Peronista –Más conocida como los “demetrios”, una organización perteneciente a la amplia familia del peronismo “ortodoxo”–, que fue diputado nacional por la Provincia de Santa Fe entre 1975 y 1976, y que su madre fue asesinada producto de una explosión de una bomba en un atentado perpetrado por la organización Montoneros.
[2] Fermín Chávez (1924-2006), historiador, poeta y periodista argentino, discípulo de José María Rosa.
[3]De acuerdo a Lucero (2018), Rosa dejó la dirección de la revista debido a los desacuerdos que había en el staff respecto a la candidatura presidencial del justicialismo. Contesti apoyaba activamente a Ítalo Luder en la interna, mientras que Rosa recelaba de este último por su pasado como candidato a diputado de la Unión Democrática en 1946. En el número 45 de la revista, en agosto de 1983, se publicó un reportaje que promovía la candidatura de Luder, sin la previa autorización de Rosa. Enojado por esta desautorización, Rosa se pelea con Contesti y deja la revista, quedando a cargo de este último.
[4]Entrevista personal con Javier Gentilini, 15 de agosto de 2024
[5]Según Lucero (2018), el proyecto de la revista pudo concretarse gracias a “la venta de un campo heredado por la mujer de Contesti que permitió contar con el dinero inicial para empezar, comprar el papel, contratar la imprenta y contar con medios de distribución” (p. 3). Sumado a ello, para recuperar el dinero invertido la revista rápidamente implementaría una estrategia de venta anticipada a través de suscripciones, es decir, a través de la compra anticipada de ejemplares.
[6] Entrevista personal con Javier Gentilini, 15 de agosto de 2024
[7]Al momento de analizar los enfrentamientos internos habidos en este movimiento durante los años ’70, la historiografía ha tendido a dividir al peronismo en dos vertientes. Una “ortodoxa” y de “derecha” encabezada por las organizaciones sindicales, que adhería sin atenuantes a la conducción de Perón –y luego de Isabel Perón–, que propugnaba la “Patria Peronista” y que exhibía rasgos marcadamente anticomunistas, y otra “Revolucionaria” y de “izquierda” comandada por las organizaciones armadas y por el grueso de las organizaciones juveniles, que cuestionaba la política “conciliatoria” y “reformista” de Perón, que confrontaba con la denominada “burocracia sindical” y con el entorno más cercano al General, y que se mostraba entusiasta con los “socialismos nacionales” y la “patria socialista”. Bajo esta mirada diríamos sin temor a la equivocación que Línea presenta elementos claramente correspondientes a la “ortodoxia”, como la reivindicación del último Perón, el reconocimiento a la figura y al liderazgo político de Isabel Perón, el repudio a las acciones ejecutadas por la organización armada Montoneros y el recuerdo recurrente de José Ignacio Rucci, junto con la condena a su asesinato. No obstante, consideramos que una clasificación de los actores del peronismo a la luz de estas categorías debe aplicarse con cautela, en tanto presentan el riesgo de oscurecer los matices que había entre los dos extremos del movimiento en aquellos años. En todo caso consideramos más apropiado pensar a la revista y a sus miembros como ideológicamente adherentes a un “peronismo clásico”, que celebra las políticas públicas implementadas durante los gobiernos peronistas, reivindica la Tercera Posición proclamada por Perón y que, en relación a los años ’70, apoya la propuesta de unidad nacional de Perón y condena con vehemencia el accionar las organizaciones armadas.
[8] Para más información sobre el Revisionismo histórico y su relación con el peronismo, ver Quattrocchi-Woisson (1995) y Goebel (2013).
[9] Desde sus comienzos, la revista apeló sistemáticamente al uso del pasado, recurriendo e indagando en él para entender las claves del presente; haciendo un uso intensivo del repertorio conceptual revisionista, se observan en distintos números artículos dedicados a figuras históricas celebradas por el revisionismo como Manuel Dorrego, Juan Manuel de Rosas y José Gervasio Artigas, a intelectuales del llamado “campo nacional y popular” como Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz y Leopoldo Marechal, a la conmemoración de fechas históricas como la Batalla de la Vuelta de Obligado, y, para el caso del peronismo, el recuerdo de distintas efemérides como la movilización del 17 de octubre, el golpe de estado del Grupo de Oficiales Unidos del 4 de Junio de 1943, los Fusilamientos de José León Suarez y el asesinato de José Ignacio Rucci y distintos artículos dedicados a las trayectorias de Perón –en muchas ocasiones transcripciones de discursos y escritos que efectuados por él, tanto en su carácter de presidente como en la etapa de su exilio– y “Evita” –incluyendo poemas dedicados a ella–, y la persistente reivindicación de la obra de los gobiernos de Perón, especialmente de la constitución nacional instaurada en 1949, entendida como la materialización más acabada del proyecto político y social del peronismo.
[10] Entrevista personal con Javier Gentilini, 15 de agosto de 2024.
[11]En la introducción de su libro Historia de la última dictadura militar. Argentina, 1976-1983 (2023), Gabriela Águila plantea que, al momento de analizar las razones que dieron lugar al Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la historiografía se ha dividido en tres grandes líneas explicativas: los estudios de centrados en la debilidad de las instituciones democráticas y el pretorianismo de la cultura política argentina; los estudios atentos a las dinámicas socioestructurales que sostienen que el golpe de 1976 fue, o bien una revancha “clasista” del gran empresariado que buscaba acabar con la ascendente conflictividad social y el poderío que adquirido por las organizaciones sindicales y sus trabajadores, o bien una reacción de las elites económicas frente al agotamiento del modelo de acumulación enla sustitución de importaciones; y una tercera línea compuesta por aquellos trabajos que centran su interés en el incremento de la violencia política en el período 1969-1975 y la paulatina naturalización de la violencia en la sociedad y en el propio Estado. Las reflexiones de los integrantes de Línea claramente se inscriben en las interpretaciones de tipo socioestructural, ya que predominan las motivaciones económicas y sociales. Más precisamente, la razón última del golpe habría sido el disciplinamiento del movimiento obrero y los sectores populares y el pasaje de una economía industrial a una economía agropecuaria-financiera.
[12] Entrevista personal con Javier Gentilini, 15 de agosto de 2024.
[13] Entrevista personal con Javier Gentilini, 15 de agosto de 2024.
[14]En agosto de 1985, y en el marco de un paro general contra el gobierno nacional, la CGT lanzó un programa alternativo de 26 puntos, que entre otras incluía la demanda por aumento de salarios, la moratoria en el pago de intereses de la deuda externa, política de pleno empleo, créditos para industriales, precios retributivos para los productores agropecuarios, la participación sindical en las cajas de previsión social y aumentos para los jubilados. Para más información sobre Ubaldini y el sindicalismo en los años de Alfonsín ver Palomino (2005).
[15] Entrevista personal con Javier Gentilini, 15 de agosto de 2024
