REMALVINIZANDO MALVINAS. Por: Sebastián Borreani de Aziz

Cipayo es un concepto que refiere a las tropas nativas dirigidas por la oficialidad inglesa en la India, que reprimían las manifestaciones populares contra la colonización. En Argentina el concepto fue naturalizado por los militantes de FORJA para referirse a los “notables” hombres de la política, el periodismo, la literatura y la academia, que de izquierda a derecha eran serviles al imperialismo y fervientemente antinacionalistas. Los grandes hombres públicos eran aquellos que siendo “ministros de la Nación, o embajadores, jueces de la Corte, diputados o profesores universitarios, ejercían la servidumbre del Imperio. Eran “mucamos con cama adentro”” (Ramos, 2013, p. 208).
Por: Mg. Sebastian Walter Borreani de Aziz / sborreani@upe.edu.ar
El cipayismo se extiende a través de toda la década infame y se instala entre conservadores; radicales antipersonalistas y alvearistas; comunistas; socialistas y progresistas; quienes servilmente se sumaban a la postura del imperialismo inglés en contra del neutralismo argentino en las dos guerras mundiales. Ambas posturas, la primera en el primer gobierno de Yrigoyen y la segunda durante el gobierno de Castillo, se sostenían en base al beneficio que representaba para la Argentina el no romper su comercio con las potencias del eje, sumándose a conflictos bélicos que eran la expresión histórica de la lucha de los imperialismos por el reparto del mundo —en especial las colonias del sur—.
El frente común aliadófilo durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo su expresión política en la agrupación Acción Argentina. Este frente era un rejunte del cipayismo local entre comunistas, socialistas, conservadores, demócratas y un radicalismo en picada que había perdido con la muerte de Yrigoyen el elemento revolucionario del partido —y se había dividido entre radicales antipersonalistas interesados y alvearistas pasivos—. Acción Argentina expresaba la pasión con la que el antinacionalismo se postraba frente a los intereses del imperialismo inglés, como en el pasado lo había sido el Frente Popular y en el futuro lo sería la Unión Democrática contra Perón. De esos tiempos viene la costumbre, tan cara al progresismo porteño y académico, de señalar de fascista o de nazi a cualquier postura nacional.
Es una herencia de los tiempos en el que los líderes de la reforma universitaria se sumaron y defendieron el golpe de Uriburu contra Yrigoyen, y después se fundieron con el aparato oligárquico de los gobiernos fraudulentos de la década infame. Fubistas los llamaba FORJA, es decir, “el tipo político, social y psicológico del estudiante de clase media eternamente cautivo de las categorías abstractas de la “democracia formal” (Ramos, 2013, p. 161). El fubista se convertirá después, de estudiante en docente de cátedra, en diputado, en senador —en periodista—, y “exhibirá una diluida pátina de obrerismo sólo hasta el momento decisivo en que enfrentará a la clase obrera o al interés nacional”.
1. (Re)thinking Fuckland
En el año 2022 el Instituto Gino Germani —IGG— anunció una jornada de mesas virtuales sobre Malvinas que se difundió en las redes sociales con un afiche de doble título. La parte en castellano del título era (Re)pensando Malvinas, pero la parte en inglés era (Re)thinking Falklands. Justo en un momento donde se celebraban 40 años de la reconquista de las Islas Malvinas por parte de los soldados que desembarcaron el 2 de abril de 1982 en Puerto Argentino, la jornada se anunciaba como un espacio de intercambio y legitimación de las narrativas inglesas.
El título de la jornada no era inocente. Representaba fidedignamente la intención manifiesta del fubismo residual de legitimar las significaciones del usurpador, presentándolas como la otra perspectiva de un conflicto. El ataque a la reivindicación nacional y soberana era directo, porque en lo que respecta a las islas no existe un conflicto y dos voces a escuchar, sino una usurpación colonialista que se mantiene desde 1833 hasta nuestros días. Ningún investigador, por más despistado que sea, podría obviar que el significante más poderoso de una usurpación es el nombre que el usurpador le da a la tierra robada para incorporarla a su propia historia nacional.
El afiche y la jornada tuvieron una respuesta crítica muy fuerte por parte de diversos sectores, pero luego de dos semanas desapareció en el horizonte de los debates académicos. En la primera semana los investigadores ensayaron algunas disculpas tibias, pero en la segunda se identificaron como víctimas de la intolerancia nacionalista. El IGG, por su parte, solo emitió un comunicado desligándose de la realización del afiche pero no de la jornada. Tampoco era cuestión de arriesgarse a ofender la sensibilidad —y comprometer los acuerdos— de los investigadores del grupo de la Cardiff University por las diatribas de nacionalistas demasiado puntillosos con los significantes.
2. Desmalvinizando Malvinas
Como demuestra la jornada en el IGG, y lo rápido que desapareció el debate en el horizonte académico, la causa Malvinas tiene ciertos momentos activos y otros menos. Fruto del proceso de desmalvinización iniciado con el gobierno de Alfonsín, que continuó durante toda la década menemista, la historia de la usurpación de Malvinas se presenta bajo una versión desnacionalizada y antimilitarista, que reduce la Guerra de Malvinas a una simple acción irresponsable de la última dictadura militar. En esos términos, el reclamo soberano por las islas se reduce a un pedido democrático frente a organismos internacionales cuyos fallos, si son favorables a la Argentina, nunca obligan a Inglaterra a nada. En esta operación se desacredita y se esconde la gesta heróica y la valentía de los soldados que fueron a luchar por la recuperación de las Islas Malvinas.
La intrépida reconquista de las Malvinas por los soldados argentinos el 2 de abril fue una curiosa prueba del poder que aún ejercen en la opinión pública del país las potencias anglosajonas. Mientras que en toda América Latina un inmenso júbilo y un orgullo inocultable recorrían, con la velocidad de la pólvora, a todos los pueblos hermanos, en la propia Argentina los reflejos anglófilos de las clases medias, el gran periodismo y los partidos “democráticos” educados en el culto a Europa actuaban espontáneamente en el sentido contrario. Lejos de descubrir en la batalla contra la piratería inglesa el alma indoblegable de la patria vieja, comenzó una tarea sistemática de “desmalvinización”. Por todos los medios de comunicación, desde la derecha a la izquierda, portuarias ambas, se consideró execrable lo glorioso (Ramos,1986, p.9 )

El fubismo incurre en una contradicción. En el mismo acto que le otorga la palabra al inglés usurpador para que desarrolle sus narrativas sobre el “conflicto”, se la quita a los soldados argentinos que sostienen que la Guerra de Malvinas fue una gesta heróica. El límite de la intelligentsia académica es siempre el mismo y parte de su pertenencia activa al aparato de la colonización pedagógica. Es incapaz de reconocer que en nuestra historia argentina, desde el Acta de Rancagua y el Motín de Arequito, la presencia de sectores patrióticos y nacionalistas dentro del ejército quedó confirmada más allá de sus contradicciones históricas. El antimilitarismo, vieja herencia cultural de la asociación entre la oligarquía y los profesionales de la intelectualidad, impregna cualquier tipo de apreciación sobre nuestras fuerzas armadas y su relación con la soberanía argentina.
No es por casualidad, claramente. Desde la conformación del grupo Sur dirigido por Victoria Ocampo hasta nuestros días, el cipayismo de la intelectualidad académica, periodística y literaria ha hecho un trabajo fino para que los significantes nacionales sean considerados equivalentes al fascismo y al nazismo. La gesta heroica de Malvinas entra en ese paquete, porque un estado semicolonial no necesita pensar que la soberanía también viene de la mano de las posibilidades militares de un ejército. Eso queda reservado para las grandes potencias que sí tienen derecho a unas fuerzas armadas poderosas. La relación entre el pueblo y el ejército, desde los tiempos de las Guerras por la Independencia, queda así sepultada bajo el estigma de una dictadura sangrienta y cipaya que traicionó el legado sanmartiniano.
3. El Frente por el Diferendo
El 15 de julio de 2026 se jugó en la Copa del Mundo la semifinal entre Argentina e Inglaterra. En un partido mítico, Argentina dejó cuerpo y alma contra los piratas ingleses, a tal punto que el cansancio le costó la final con España. Como era de esperarse, el partido reavivó viejas heridas futboleras y sentimientos de fervor nacionalista frente a los engreídos jugadores piratas que se quedaron con la sangre en el ojo por la derrota. Pero el punto climático de esta historia se da al final del partido, cuando parte del plantel despliega una bandera blanca con la inscripción “Las Malvinas son argentinas”. Dicha bandera despertó la ira de la prensa y del oficialismo, y de forma un poco retardada, también volvió a enojar al fubismo que creía muerto y enterrado el reclamo nacional por Malvinas.
Pasada la indignación, el gobierno quiso aprovechar la efervescencia desatada y envió un Proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional para su debate en comisiones en la Cámara de Diputados. Se trata de un caballo de troya que en nombre de la soberanía promovía la desregulación contra empresas extranjeras petroleras que ya actúan en las proximidades de las Islas Malvinas. En los artículos que van del 41 al 133, el proyecto propone la modificación de la Ley de Defensa Nacional, La ley de Inteligencia y La ley de Financiamiento de Partidos Políticos; cambios en el Código Penal para tipificar nuevos delitos relacionados con la “guerra informática” y la “desinformación de potencias extranjeras”; la participación de las Fuerzas Armadas en cuestiones de seguridad interior; y la creación de un Consejo de Seguridad Nacional encabezado solo por el Poder Ejecutivo.
El fubismo, en respuesta a este proyecto y con identico afán oportunista, lanzó una solicitada con firmas llamada Malvinas y la disidencia, con el subtítulo ¿Causas Nacionales? Argentina es plural y debe ser pluralista. Si bien en la solicitada se denuncia el carácter cínico y oportunista del gobierno y el peligro que representa el Proyecto para la crítica opositora, la verdadera espina en la garganta del tren fantasma del fubismo es el resurgimiento de Malvinas como causa nacional. En la solicitada solo se acepta la existencia de “un diferendo jurídico-político y diplomático con el Reino Unido” y “una disposición “transitoria” (las comillas son nuestras pero el cipayismo es de ellos) de la Constitución Nacional que ratifica nuestra soberanía sobre las islas y los espacios marítimos correspondientes y nos compromete a los argentinos a un esfuerzo pacífico por recuperar las islas”. Pero advierten algo terrible. El diferendo está virando hacia una intolerable “causa nacional”

No obstante, alertamos que la cuestión Malvinas hace mucho que ha dejado de ser básicamente un diferendo para pasar a convertirse en una pretendida “causa nacional”, algo completamente distinto. Y esto ocurre en un país que cree sinceramente que todos pensamos lo mismo en este tema y hasta que “Malvinas es lo único que nos une”. En la Argentina de hoy, la causa Malvinas, el unanimismo de la pretendida causa nacional, lo abarca todo, no admite disensos relevantes en ninguna dimensión, incluyendo la convicción de que ningún argentino puede sentirse ajeno a ella, so pena de ser considerado un mal argentino. Y así decimos que “las Malvinas son argentinas”.
Esto explica que se presente como válido incluir en el frente por el diferendo a los que creen “que los actuales habitantes de las islas están bien protegidos por el compromiso constitucional de respetar su modo de vida” y los que consideran que “los isleños deberían ser parte activa en eventuales negociaciones”. Es decir, siguiendo esta lógica, se puede armar un frente por las Islas Malvinas incluso con aquellos que consideran que en realidad son inglesas y deberían llamarse Falklands —la misma lógica que guío la jornada del IGG—
Como dijimos anteriormente, el objetivo de la solicitada no es criticar el servilismo del oficialismo, siempre dispuesto a actuar como gestor de los intereses de los distintos imperialismos que quieren quedarse con nuestros recursos soberanos. El problema es que el sentimiento nacional por las islas se instaló, hace ya mucho tiempo, nublando el juicio de los sectores populares que son fácilmente manipulables por militares demagogos. Por eso los prohombres y mujeres del frente por el diferendo sostienen que “En 1982, los militares de la dictadura nos llevaron a la guerra. Pero la condición de esa decisión catastrófica fue que la causa ya estuviera firmemente instalada en la sociedad desde mucho antes.”
Y continúan diciendo los visionarios hombres y mujeres del frente por el diferendo que la causa nacional, como un cáncer, “(…) se ha extendido a la vida cotidiana en los barrios, en el deporte, en los estudios especializados, en el discurso político y hasta en inquietantes brotes de militarismo. La omnipresencia de la causa quizás explique que el gobierno nacional esté actuando hoy en la cuestión Malvinas con un oportunismo flagrante.”
4. Remalvinizando Malvinas…
La solicitada del tren fantasma fubista no tiene mayor valor que el de un ejemplo de la vieja operación de desmalvinización sobre el reclamo soberano y nacional de las Islas Malvinas; y es un clásico intento del arco de la intelligentsia académica, periodística y literaria, para volver a pararse sobre sus nalgas más conocidas: la del antinacionalismo asustadizo con barniz democrático, que ve fascistas y nazis por todos lados.
Como mucho se distribuirá en plataformas periodísticas afines y entre grupos endógenos de compañeros de cátedra y proyectos de investigación, cansados de quitarse la pelusa del ombligo y de lustrarle las botas a los firmantes de la solicitada. Pero jamás tendrá la trascendencia que tuvo el despliegue de la bandera de los jugadores de la selección, que fue un evento realmente popular, con tal poder que volvió a instalar en la agenda la cuestión sobre Malvinas y con perspectiva nacionalista. Esto fue lo que hizo sonar las alarmas del fubismo y del oficialismo, no por miedo a un renacer nacionalista -que lo tienen-, sino por la oportunidad de posicionarse y polarizar con este nacionalismo como la otra campana más racional y democrática, cosmopolita y objetiva.
Este es el hecho que tiene que importarnos, y no el enorme olor a naftalina que desprenden estas solicitadas cipayas, que en la actualidad son un producto demode buscando adeptos en un mercado jóven harto de los viejos con olor a vinagre. Si el tren fantasma del fubismo desempolvó sus viejas sábanas antinacionalistas es porque la vieja escuela se resiente bajo el peso de la nueva era y en la época de la comunicación 4.0, los profetas se ven obligados a disputar los límites del debate o desaparecer en la marea de la infodemia.
Esta es la situación actual en la academia, porque en definitiva venimos hablando de lo que pasa dentro de sus espacios. La disputa por la agenda de temas “dignos” para el debate académico, se está corriendo cada vez más. Y es necesario aprovechar la cadena de significantes que, dentro del nacionalismo, van unidos al reclamo de las Islas Malvinas y volver a dar los debates necesarios para su remalvinización. Estos debates implican nuevas preguntas, o mejor dicho, preguntas que rompan límites naturalizados dentro de la universidad sobre aquello que no se habla, no se discute, no se ve ni se oye.
Si la universidad es crítica no puede ser cipaya. Y más aún: si la universidad quiere ser crítica, no puede tener como barrera del debate la rosca eterna que rápidamente esconde las polémicas por los acuerdos como pasó en la jornada del IGG. Esa lógica de “puertas adentro” termina por naturalizar el viejo rol de la universidad dentro del aparato colonialista y pedagógico de la oligarquía que señalaba Arregui en la historia de la Argentina. Las grandes gestas militares nacionalistas del pasado -y Malvinas es una de ellas-; y la necesidad de contar con unas fuerzas militares lo suficientemente poderosas como para poder defender la soberanía territorial de un país independiente; son temas que hoy, en la crisis de legitimidad del discurso único del cipayismo académico, tenemos que volver a dar frente a una juventud que busca nuevos horizontes.
Bibliografía
J. J. H. Arregui (2011). Nacionalismo y Liberación. Ediciones Continente: Buenos Aires.
J. J. H. Arregui (2013). Imperialismo y Cultura. Ediciones Continente: Buenos Aires
J. A. Ramos (1986). Las Masas y Las Lanzas. Tomo I de: Revolución y Contrarrevolución. Hyspamérica: Buenos Aires.
___________ (2013). La Factoría Pampeana. Tomo IV de: Revolución y Contrarrevolución. Ediciones Continente: Buenos Aires.
___________ (2013). La Era del Peronismo. Tomo V de: Revolución y Contrarrevolución. Ediciones Continente: Buenos Aires.
___________ (2019). Historia política del ejército argentino: De la Logia Lautaro a la Guerra de Malvinas. Editorial Punto de Encuentro: Buenos Aires.
NOTAS
1. La sociología argentina, sostenía Arregui, “es una calcomanía de la sociología yanqui. Su figura más patente hasta hace poco —actualmente (NE: Arregui escribe Nacionalismo y liberación en 1969) es docente contratado por la Universidad de Harvard— ha sido el profesor italiano Gino Germani. Sus trabajos de investigación, anodinos y carentes de vuelo, están desprovistos de juicios de valor (…) Esto no es casual. La “sociología pura” tiene por objeto apartar al estudiante de los problemas reales del país (…) el propósito de Gino Germani es renovar la tesis de una Argentina de raza blanca, de la baja calidad de la población criolla, de la superioridad del inmigrante, y como corolario, la aprobación de “la teoría desarrollista” dictada coactivamente a la Argentina por los Estados Unidos ” (Arregui, 2011, p. 154)
2. Como nota tragicómica del cipayismo académico argentino, un renombrado investigador de lo “popular”, doctorado en la University of Brighton, comenzó una campaña de difamación, amparado en el matonismo del frente fubista, y recorría los muros de críticos como Francisco Pestanha y el fallecido Glenn Polstolsky para acusarlos de fascistas.
3. “De alma helada, hasta el gobierno del presidente Alfonsín desvalorizó la guerra contra el imperialismo británico mediante la escandalosa supresión del 2 de abril de 1982 como día fasto del calendario.” (Ramos, 1986, p. 9)
4. Cuando Rondeau le ordena a San Martín regresar con el Ejército de los Andes, para reprimir a las montoneras del interior sublevadas a la tiranía portuaria de Buenos Aires, éste se niega y presenta su renuncia. Pero los principales jefes y oficiales de su ejército la rechazan y manifiestan que su autoridad radicaba en la salud del pueblo, que es inmutable. Por el contrario a Belgrano, que sí aceptó la orden del Directorio y bajó con el Ejército del Norte a reprimir las montoneras del litoral, lo sorprendió la sublevación de la mayoría de sus oficiales y soldados —casi todos gauchos— al llegar a Arequito. Estos se negaron a reprimir al pueblo criollo del interior del que formaban parte. (Ramos, 1986 y 2019)
5. “El alumno menos erudito en ciencias sociales sabe que el fascismo (o nazismo) nació en países imperialistas, y que el nacionalismo de tales países es opresivo, mientras que el nacionalismo de las colonias es emancipador. Semejante aberración parecía estúpida. Pero estos intelectuales ilustrados no son estúpidos. Son serviles. Usan las ideas que complacen a los poderes de este mundo.” (A. Ramos, 2013, p. 167)
6. https://malvinasyladisidencia.substack.com/p/malvinas-y-la-disidencia
7. El tren fantasma del fubismo se compone de personalidades como Pablo Alabarces, Fernández Meijide, Pablo Avelluto, Alejandro Katz, Santiago Kovadloff, Oscar Oszlak y Natalia Volosin, entre otros. Como se ve no es un frente por el diferendo con muchas diferencias.
8. “La historia de nuestra Universidad, es por eso, la historia de nuestra oligarquía. Con breves intervalos, esta oligarquía durante una centuria, logró consolidar e imponer a la Nación su despotismo más o menos ilustrado. Esa Universidad, sin ritmo y estilo peculiar, fue el medio más sutil del predominio espiritual del coloniaje” (Arregui, 2013, p. 13)

