CON EL OPTIMISMO DE LA PASIÓN FRENTE AL PESIMISMO DE LA RAZÓN. La remontada histórica de Lula en Brasil. Por: Ricardo Romero

“Lula en vez de mirar al mercado, que podría significar ceder a sus demandas, se concentró en buscar a los más de 30 millones de personas que no fueron a votar en primera vuelta”
Por: Ricardo Romero (Politólogo UBA Especialista en Política Internacional. www.ricardoromero.com.ar)
La noche del 4 de octubre pasado, el pesimismo de la razón entristecía a quienes tienen la esperanza de sostener una América Latina más justa e igualitaria, centrada en la democracia y el pluralismo social, cultural y político. Es que en el frío cálculo de los guarismos politológicos, que mide, calcula y especula fríamente, sentenciaba un neobolsonarismo en puerta.
Así, los zócalos de los canales de noticias, en especial los que responden al establishment político sustentaban con arrogancia la vuelta de la familia al poder. Respaldados por los tres millones de votos de distancia que había sacado Flavio Bolsonaro al actual presidente Luiz Inácio Lúla Da Silva, una distancia que parecía incrementarse con casi 9 millones más de votos de derecha que parecían distantes a votar al mayor líder de izquierda de la historia latinoamericana.
De hecho, no pasaron ni 24 horas, que los candidatos de derecha, junto a varios gobernadores electos del Centrão, incluso algunos referentes de una supuesta “tercera posición”, se sumían a besar los anillos del hijo de la “familia” Bolsonaro. Incluso, el apoyo de los referentes de agronegocios de interior, junto a iglesias evangélicas del conurbano profundo del interior paulista y del sur, sumado al establishment económico, que al día siguiente el aprobó el resultado con un salto en el Bovespa, parecían generar un bloque implacable para la victoria del anti-petismo.
A su vez, las probabilidades estadísticas tenían como base la historia. En los siete balotajes pasados, siempre lo ganó el vencedor de la primera vuelta. Nunca un candidato había logrado revertir un resultado tan exiguo. Desde la Constitución de 1989, la experiencia denota que se hace irreversible la victoria de un candidato tan cercano al 50% y Bolsonaro había obtenido el 47%. La suerte parecía echada, sin embargo primó el optimismo de la voluntad.
Así, el mismo Lula sostuvo la noche del 4 de octubre que estaba entrenado en los “mata-mata”, y desde ese momento comenzó a movilizar la voluntad. Así, decidió enfrentar a la maquinaria de poder que impuso la victoria de Bolsonaro, la arenga política que implicaba cambios sustanciales, especialmente en la estrategia que sostenía la vieja guardia del Partido dos Trabalhadores, sumando la iniciativa digital de jóvenes de organizaciones aliadas que lograron sumar nuevas identidades. En ese marco, comprendiendo que tenía consolidado su espectro electoral, salió a buscar los votos perdidos.
Durante la primera semana, comenzó la movilización de jóvenes en todo el territorio, despertando un sujeto político, el movimiento estudiantil, que sabe que la política de crecimiento de las Universidades Federales y la expansión de la matrícula universitaria es producto de una política clara y que Bolsonaro manifiestamente venía a destruir. Así, desde los campus universitarios se desplegaron estudiantes que inundaron las calles brasileñas, desplegando el clamor de la defensa de la educación y la esperanza de cambio. Así, el octogenario Lula se mezcló con una marea de teenagers para escucharlos en su lenguaje de protesta, el funk, el trap o la samba, y articulando un compromiso de futuro.
El centro cultural se amplió con el apoyo de referentes legendarios como Caetano Veloso o Gilberto Gil, así como nuevos, desde Anitta a Emicida, de Ludmilla a Pablo Vittar. Y no se quedó allí, sumó a referentes del cine under, a youtubers e influencers del nordeste que nadie conocía a la Faria Lima, pero que todos conocían Juazeiro. Frente a los Bolsonaro, tanto Jair como Flavio, que atacan la cultura, en especial la popular, con mecanismos de fake news o historias idiotizantes para el trolleo en los celulares, Lula logró despertar un metalenguaje esperanzador y constructivo.
Esta dinámica se potenció con referentes como Erika Hamilton, Ana Elisa Santos Silva y André Janones, quienes le dieron un baño juvenil a la estrategia comunicacional de Lula. La estrategia de PT es anticuada y analógica sentenció Janones, quien fue el “general” del “Ejército de Lula” que coordino una batalla en las redes que se contrapuso a la manipulación de las corporaciones mediáticas y los trolls bolsonaristas, con algunos marcan como contundente.
No obstante, Lula en vez de mirar al mercado, que podría significar ceder a sus demandas, se concentró en buscar a los más de 30 millones de personas que no fueron a votar en primera vuelta. Esas abstención, junto al voto nulo y blanco, especialmente en lo profundo de la juventud afrodescendiente, la periferia de las ciudades y el nordeste. Esa movilización, generando micros, barcos y diferentes transportes para marcar que ésta vez no podían faltar.
Fue un movimiento decisivo, porque fue el Nordeste que sumó tres millones más de adhesiones. Siendo no sólo el bastión electoral, sino que es el epicentro moral de la campaña. Lula volvió a sus pagos, pero no a hacer caravana. Se instaló. Recorrió a pie el interior de Pernambuco, de Bahía, de Ceará, de Maranhão. Habló de hambre, sí, pero habló sobre todo de futuro.
De universidades, de internet, de trabajo con derechos para los pibes que hoy reparten en moto. El nordeste no solo votó: militó. Se organizaron caravanas para ir a buscar a los que no habían votado. Se hizo puerta a puerta en los lugares donde nunca llega el Estado pero siempre llega el WhatsApp del pastor bolsonarista. Esa es la épica que los diarios del sudeste no vieron venir.
El resultado quebró toda la aritmética de las probabilidades objetivas, y generó un desenlace que sólo la pasión puede explicarlo. Lula sumó de la primera vuelta a la segunda cerca de 10 millones de votos. Es una ola. Es una recolección de voluntades que estaban fuera del sistema y que decidieron entrar porque alguien las llamó por su nombre.
Fue un aluvión, que gorilas en Argentina lo tildarian de zoológico, pero que se contrapuso al manejo y manipulación de los aparatos comunicacionales y administrativos de Flavio Bolsonaro, que solo sumaron 3 millones de votos, dando como desenlace la victoria de Lula.
En definitiva, a ese pesimismo de la razón que decretaba que la virada era imposible, el optimismo de la pasión convirtió un desafío en logro. Así, Lula logra un contundente triunfo, para nada milagroso, sino una clara muestra que la política es el arte de lo imposible. Así, nos deja una lección de historia que vale para Brasil y toda América Latina, dejando una esperanza de cambio al Continente entero.
Y así, lo que el pesimismo de la razón había decretado como imposible, el optimismo de la pasión lo convirtió en inevitable. Lula consolidó un gran triunfo en este último resultado, no por un milagro, sino por una lección de historia política que vale para Brasil y vale para toda América Latina.
Nunca subestimen a un pueblo cuando se le propone volver a tener esperanza.
La razón había dicho: está perdido, la diferencia es mucha, la historia no perdona, los aparatos pesan.
La pasión respondió: todavía no votó todo el que tiene que votar. Todavía no cantó todo el que tiene que cantar. Todavía no salió a la calle todo el que tiene que salir.
Esa es la mirada histórica que hizo Lula en Brasil. No leyó el resultado. Leyó lo que faltaba. Y lo fue a buscar.
Y por eso hoy, otra vez, la historia se escribe con el acento del nordeste.

