FESTIVAL MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2026. La diplomacia de la juventud. Por Joshua Lentulus Aivazian

Organizados originalmente por asociaciones juveniles internacionales de izquierda, estos eventos comenzaron a celebrarse en 1947, siendo Checoslovaquia la sede de la primera edición. Desde su origen, el objetivo fundamental ha sido unir a las juventudes de diversos sistemas políticos en una lucha común por la paz y contra el imperialismo.
Por: Joshua Lentulus Aivazian
La diplomacia tiene por requisito fundamental establecer un contacto e intercambio horizontal en torno a una problemática común con el otro, coincidiendo ambas partes en su solución. Desde que la humanidad empezó a vincularse entre sí, ha persistido un problema universal: el de las diferencias. La agresiva reacción ha sido siempre un cálculo arriesgado, de resultados impredecibles. Así, la diplomacia emerge de la prudente autoconservación mutua como base racional y de la mutua cooperación, con el interés de equilibrar la seguridad interna de la comunidad con la externa en lo geográfico.
Miles de años después, junto a cientos de precedentes diplomáticos entre tribus, reinos e imperios, se llegó a la concreción de las Naciones Unidas en octubre de 1945 como el pináculo institucional de la diplomacia entre las naciones. Sin embargo, la aspirada horizontalidad del diálogo se vio intervenida, saboteada y extorsionada por la desigualdad impuesta por las potencias occidentales, con un historial de intervenciones económicas, políticas y militares en naciones y movimientos soberanistas. Esto ha rebajado a la diplomacia internacional a un mero instrumento de cabotaje al servicio de la violencia, justificándola en lugar de evitarla.
Es así que el lenguaje —requisito fundamental del diálogo— pierde sentido en la declaración de sus intenciones, al apelar a la fuerza como justificación y no a la razón en la búsqueda de la coexistencia mutua, convirtiendo la palabra en una extensión de la arrogancia personalista y la simulación. Tras dicho estancamiento en la confianza política internacional, cabe preguntarse si los pueblos replican este mismo comportamiento en el nicho de sus relaciones sociales. De ser así, la violencia haría imposible la existencia de una comunidad, de un desarrollo económico y de la existencia misma de una nación. Por eso, la violencia como medio es delegada —o apropiada— por el Estado, que establece leyes racionales a las que los individuos pueden apelar para exigir a sus gobernantes que las hagan cumplir sobre todos por igual, dando margen al diálogo entre ellos mismos.
Por lo tanto, los pueblos desarrollan un vínculo comunitario en torno a valores universales de confianza y respeto mutuo, diferentes en sus rituales, pero vinculados entre sí en su objetivo. Este objetivo no es definitivo, como un plan consciente con un comienzo y un final, sino que plantea la permanente integración armoniosa del individuo con la comunidad como proyección de la justicia social. Ya sea en el trabajo, el estudio o el ocio, la justicia persigue la felicidad en el conjunto, y la verdad en la realidad de las interacciones justificadas en estos mismos valores.
En torno a estos valores comunitarios de hermandad es donde se confirman las semejanzas y la confianza en lo mejor de nosotros mismos, reconocido en los demás. Mientras que la violencia confía en la delegación técnica del poder en el miedo de los otros, persuadiendo con el temor al castigo en la toma de decisiones, la comunidad confía en la palabra, el respeto y la búsqueda compartida de un destino común. El problema se encuentra en la corrupción de la acción, pensada originalmente para solucionar aquellos problemas comunes entre la comunidad y el ambiente en donde viven, para ser reemplazado por el temor personal de una facción de perder su excepción ante la recepción de un castigo arbitrario.
La lucha por la soberanía radica justamente en ello: en cortar con esa amenaza externa e interna, para centrar las energías políticas de un pueblo en mejorar sus condiciones de vida y aspirar a un destino compartido: el de la felicidad de los pueblos.
Esta visión encuentra su máxima expresión histórica y emocional en los Festivales Mundiales de la Juventud. La historia de los Festivales Mundiales de la Juventud y los Estudiantes se remonta a la posguerra, naciendo como una respuesta colectiva para evitar que el mundo volviera a sumergirse en la tragedia del fascismo y la guerra mundial. Desde que los primeros festivales juveniles comenzaran a reunir a jóvenes de todo el mundo bajo banderas de paz y amistad, estos encuentros han sido la antítesis viva de la diplomacia de las élites. Mientras en las salas de las Naciones Unidas las potencias occidentales imponen su voluntad mediante vetos, sanciones e intervenciones militares, en los festivales juveniles los jóvenes conversan, se abrazan, compartían sus costumbres, su música y sus sueños sin más intermediarios que su propia humanidad.

Organizados originalmente por asociaciones juveniles internacionales de izquierda, estos eventos comenzaron a celebrarse en 1947, siendo Checoslovaquia la sede de la primera edición. Desde su origen, el objetivo fundamental ha sido unir a las juventudes de diversos sistemas políticos en una lucha común por la paz y contra el imperialismo.
La historia de estos festivales ha estado marcada por hitos que transformaron la percepción global de las naciones y el concepto mismo de diplomacia. El hito de 1957 en Moscú, marcó un antes y un después al abrir la Unión Soviética al mundo bajo el lema “Por la Paz y la Amistad”. Con más de 34,000 participantes, este festival permitió que jóvenes de diversas naciones vieran que detrás de la “Cortina de Hierro” vivían personas comunes y no “demonios”, rompiendo con años de propaganda occidental.
Desde el festival de 1985 hasta el de Sochi 2017, Rusia ha reafirmado su rol como heredera de una tradición que ve en la juventud el motor de la lucha contra el imperialismo y la búsqueda de un destino compartido: la felicidad de los pueblos.
Para la juventud actual, estos encuentros representan una “muñeca matrioska” de oportunidades: un espacio donde estudiantes de países que están al borde de la guerra pueden entenderse y conversar, dando esos “pequeños pasos” que permiten alcanzar la paz mundial.
El próximo Festival Mundial de la Juventud, a celebrarse en septiembre de 2026 en Ekaterimburgo, Rusia, bajo el lema “Sigue tu sueño. Junto a Rusia”, será la continuadora de esta gloriosa tradición. El festival de Ekaterimburgo reunirá a 10.000 jóvenes de 190 países, en partes iguales entre rusos y extranjeros. A mayo de 2026, ya se habían recibido más de 100.000 solicitudes de 191 países, superando ampliamente las postulaciones extranjeras a las rusas, un hecho inédito que demuestra que el deseo de diálogo internacional sigue más vivo que nunca entre las nuevas generaciones.
Ekaterimburgo —la capital de los Urales, donde Europa y Asia se funden geográficamente— será la ciudad donde los continentes se abrazan, donde las diferencias se reconcilian en un punto de encuentro natural. Allí se construirá una “Ciudad de la Juventud del Mundo” , una utopía temporal pero real, donde durante una semana las fronteras ideológicas y geográficas desaparecerán para dar paso al intercambio cultural, profesional y humano.
El programa del festival está diseñado para materializar aquello que reclama el fundamento de la diplomacia genuina: el encuentro horizontal en torno a una problemática común. Por eso, los jóvenes no son convocados por azar, sino por criterio profesional —ciencia, tecnología, industrias creativas, medios, gestión pública, deporte, emprendimiento, activismo—, asegurando que el diálogo sea sustantivo, basado en experiencias concretas y en la búsqueda compartida de soluciones a los desafíos globales.
Y lo más destacable, tras el evento principal, 1.000 jóvenes extranjeros viajarán a 30 regiones de Rusia, y por primera vez uno de estos viajes se realizará al extranjero, a la República de Abjasia. Serán jóvenes con jóvenes, compartiendo la vida cotidiana, conociendo otras realidades desde la cercanía y el respeto. Esa es la verdadera diplomacia: la que no necesita traductores porque habla el lenguaje universal de la amistad.
El Estado ruso moderno se posiciona así como un faro de libertad y un aliado estratégico para el Sur Global, ofreciendo un centro de poder alternativo y multipolar frente a las ambiciones de hegemonía unipolar. En definitiva, la importancia de estos festivales radica en su capacidad para transformar la desorientación política en una visión estratégica de hermandad. Al fomentar la integración armoniosa del individuo con la comunidad, la juventud no solo celebra la cultura, sino que ejerce una soberanía real: la de centrar sus energías en mejorar las condiciones de vida y aspirar a un mundo donde la justicia social sea la base de una paz duradera.

