(Quinta pastilla). CAMINAR (POR) LA CALLE. por: Sebastián Russo. De “Una larga noche, es sólo una larga noche”.

Para navegar, Dramamine, para recorrer las alturas de Potosí o La Paz, Soroche Pil. La nausea viene y va, está ahí siempre. Por momentos es insoportable, en otros, la calma nos hace olvidarla, y en el momento más inesperado, vuelve con todo. Quedarse quieto mirando el horizonte parece una forma de atenuar los síntomas, aunque sabemos que a la larga o a la corta, resulta insoportable e inútil. Moverse, juntarse, iniciar la marcha, a un nuevo amanecer, a un nuevo camino y una nueva canción -que no tape las canciones de otros que vengan silbando bajito de atrás- parece ser por el momento el mejor plan. Seba Russo nos trae un nuevo blister, la quinta pastilla, veremos como reaccionamos.
Elijo ir a la marcha con una remera que nunca uso, una de Evita multicolor. Asumiendo un riesgo, mínimo y momentáneo, por cierto, porque pretendo ir caminando solo hasta Congreso. Miedo (mínimo y de sólo un rato, hasta llegar allí) al escarnio de algún/a gorila. Algo que nunca hago, al menos en mis recorridos callejeros. Mis remeras siempre fueron lisas, incluso sin evidencias de marca alguna.
Un flyer de Poder Comunitario dice (marchamos) “Para que nadie tenga miedo de caminar por la calle de la mano de nadie”. Al recordarlo no hice referencia al ir de la mano de otro. Solo en el hecho de que caminar por la calle sea un riesgo, algo que me interpeló en el nulo sentimiento al respecto que casi siempre tengo.
Vivo a dos cuadras de la estación de Once y vuelvo a las 11 de la noche en trenes semi vacíos desde el tercer cordón conurbanense. Y el miedo nunca me dominó. Y no por valentía ni por imprudencia. Sino, pienso, porque soy hombre, panzón, algo morrudo y barbado. Una ex compañera me dijo una vez que quizás sea yo el que haga cruzar la calle a alguien temiendo por mí. Me pareció siempre una exageración, pero muchas noches que llegó a Balvanera lo/la recuerdo.
Sentir miedo en la calle parece ser un umbral, que separa clases sociales, incluidxs/excluidxs de todo tipo.
Están los que sueñan (sin inclusivos) vivir una vida exclusiva, en un country. Es el sueño, digamos, hegemónico. El vivir en unas calles Truman Show de ficción, donde el otro sea eliminado de la vista. Pero (sombra terrible) vuelve. Se filtra en el de seguridad, el jardinero, la mucama. Sujetos que cargan sobre ellxs el terror sintomático de lo que queda del otro lado del muro y que se concentra y acrecienta en algunx.
Sujetos estos que van de temor en temor. Del miedo a su jefe, patrón, dueño, de ser expulsado, por algún rebote inesperado de aquel trauma que le es expiado en ellxs mismxs. Son el potencial mal encarnado, exhibido en sus pieles, miradas, ropas por más que se vistan y actúen como la mona. Y temor también ante el retorno a sus barrios, el de caminar en la madrugada en la noche por sus barrios, esos de lxs que sus empleadores se excluyen amurallándose.
Porque los barrios están picantes. Tanto Once, enclave Otro en el Nosotros capitalino. Como en José C Paz. Me lo dice el director del Museo, un defensor, conocedor y activista/activante barrial, no un conservador consumista de noticieros amarillistas y porteño-céntricos. Los barrios están picantes. Y no porque sí, que es porque hay negros cabeza que si no trabajan en seguridad lo hacen en su aparente contrario.
Sino porque hay hambre, hay miseria, que no se nota, ni es nota, en esos noticieros, que terminan dando letra, estetizada, “letrada” incluso a pseudo progresistas docentes de universidades cercanas a esos mismos barrios que no sacan su patita más allá de lo que sentados en sus autos les permite.
Escucho a un periodista de El Destape decir que el gobierno ésta bala (la de la Marcha del 1ro de febrero) Porque no es por pedidos concretos de recursos sino por cuestiones morales. Algo interesante hay allí, aunque insuficiente.
Que marche el/la excluidx, que salga a la calle aquel/la que teme habitualmente caminar por ella, y que la marcha haya incluido el antirracismo (además del orgullo lgtbq+ y antifascista) como consigna, quizás no de las más repetidas por medios de todo tipo, pero allí está, oculta, incluso en su intento de visibilización, como mínimo en todos los flyers que tantas organizaciones hicieron, es la presencia del síntoma. Ya que el/lo negro entrama moralidad (el bien y el mal) con la disputa material (pobres y ricos)
Woman is the nigger of the world, cantaba John Lennon. Y son lxs nigger (lxs excluidxs) del mundo no solo lxs que a partir de lxs cuales se construye(ro)n los mapas simbólicos (en principio) de lo (in) deseable, con el ganar dinero como único horizonte posible: allí economía y “moralidad” se enlazan, ya que es bueno y bellx el que tiene o aparenta o aspirar a tener, y malo y feo o afeado el que no, del pobre al “zurdo empobrecedor”.
Lx/s nigger así son los que tienen prohibido o auto reprimido un circular callejero libre, incluso porque libertad de circulación es solo entendido en torno al tránsito vehicular, impidiendo en tal caso doblemente el caminar por la calle: por la exclusión orientada por mirada, a todxs lxs negrxs del mundo: pobres, marrones, afros, diversxs etcéteras) y por la represión ahora explicita y “protocolar” a la protesta por aquello mismo, y en la misma y polisémica y polimórfica calle.
Lxs negrxs del mundo, incluso por tal “carácter” y situación “excluyente” (nunca “exclusiva”, como la playa de un resort, la plaza de un country), de exclusión “genético-social”, son lxs que en su reunirse, organizarse, revirarse y marchar, con/forman la vivencia comunal que lxs/nxs puede salvar. Salvación que incluso no es exclusiva, tampoco aquí y como retribución injustificada, pero necesaria. Sino que, en tal acto, reside, la “salvación” de un todo (social) que sin su parte maldita implosionaría.
De allí el carácter fascista de este y estos gobiernos “ultraderechistas”. El de la exclusión incluso de aquello que permite la configuración por diferencia de toda identidad. Matar lo otro es matarse, por imposibilidad de configuración subjetiva de la necesaria tensión claroscura de todo sujeto, de(l) todo.
No es casual que una de las formas de tortura del Guantánamo al que ahora Trump quiere llevar 30.000 (!) inmigrantes “ilegales”, sea no apagar la luz en las celdas ni detener el sonido estridente en ningún momento. La oscuridad y el silencio son la “negatividad”, el momento otro, necesario para la emergencia de lo otro a la conciencia, la razón: el sueño.
He allí que mi remera de Evita, con la carga de potencial afrenta callejera, se me aparece como un gesto de aproximación a esa negritud/otredad excluida y salvífica, incluso por la valentía que permite en mi caso prácticas y en (lxs) otrxs desplegar como rasgo constitutivo y cotidiano (y extenuante), en el aparentemente nimio y de tranquilidad deseada de/al caminar por la calle.
Una última referencia que quizás era la primera o la que me lanzó (a horas del comienzo de la Marcha) a estas y otras escrituras, pensamientos y acciones. La del recuerdo del primer caminar simbólicamente de la mano con mi sobrina, en mi primer encuentro con ella luego de su auto percepción y nominación familiar de su nuevo nombre/género. Fuimos juntxs a una fiesta popular en un pequeño pueblo cordobés.
Ella caminaba adelante mío, abriéndose la campera y luciendo orgullosa un top, entre un gauchaje serrano que sin dudas me atemorizaba más a mí que a ella, y en la supuesta defensa que debería desplegar ante un posible insulto o comentario violento. Nada de eso o todo pasó. Ese caminar valiente, desprejuiciado, de quien hasta hacía poco era un tímido adolescente fue una lección para su tío barbado, que arrastra y convoca cada vez, en los momentos de cobardía injustificada y desvitalizante, como aquellas palabras sobre mi caminar balvanero presuntamente intimidante sobre otrxs.
En la organización de temores y valentías se constituyen las comunidades. De más decir, lo único que puede hacer frente a la escenificación deseante y precarizadora del individuo que se hace así mismo. Y sólo hay comunidad no sólo cuando se organiza (lo contrario a la descomposición, desorganizante de la vida, del cotidiano social y familiar, que promueve el paradigma anti comunitarista del neoliberalismo), sino cuando asume sus miedos y sus modos de enfrentarlos. Por caso, caminando orgullosa, altivamente, por todas las calles del mundo.