Notas a cincuenta años del último golpe de Estado cívico-militar en Argentina. Por: Yael Rodríguez

Como parte de las variables de aplicación del terror, la manipulación de la opinión pública para lograr la intoxicación colectiva y lograr el consenso, fue elemental. La acción psicológica de culpar a la “subversión” de todos los males de la república penetró en las capas más profundas de la piel de los argentinos.
Por: Yael Rodríguez
Hoy, 24 de marzo de 2026, se cumplen 50 años del último golpe de estado que acabó en uno de los genocidios más grandes en nuestra historia; y si escaparamos de la realidad contemporánea, pensaríamos que esta fecha recurriria únicamente a recordar y condenar lo sucedido… tal parece que ello no sucederá.
Durante los últimos años, mediante el transcurso del gobierno de Javier Milei y Victoria Villarruel, se han insertado microdiscursos, leves, casi invisibles actos de legitimidad hacia el cuerpo genocida. Visitas a militares condenados por crímenes de lesa humanidad, cuestionamientos a la cifra de desaparecidos, recortes de hasta 90% del presupuesto dirigido a las políticas de memoria, el cierre de la Unidad especial de investigación de la desaparición de niños como consecuencias del accionar del terrorismo de Estado (UEI) -dependiente de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi)-, la intervención del Banco Nacional de Datos Geneticos encargado de la búsqueda de los hijos apropiados durante la dictadura, entre otros.
Esta política de gobierno apuesta a un objetivo concreto pero lo maquilla mientras lo exacerba: Negar, reescribir, construir una narrativa que ya había sido completamente descartada. Insultar a la memoria colectiva, ensayar y proponer la teoría de los dos demonios como explicación certera. Faltar a la verdad. Justificar el secuestro, tortura, violación, asesinato y desaparición de 30.000 personas.
Empero, faltar a la memoria, la verdad y la justicia es un acto gradual, casi cotidiano, por ello los invito a repasar algunas variables que nos permiten resaltar (todas las veces que sean necesarias) la magnitud del Estado Terrorista Argentino.

El golpe y el terror.
Se llegó al 24 de marzo del ‘76 con la conciencia colectiva abonada por el discurso mediático de que había que poner paz y orden, exacerbando el rol de las Fuerzas Armadas como articuladores de la nación y salvaguardas de los principios fundantes (Duhalde, 2013).
Había un objetivo directo, y otro indirecto: Erradicar de la nación a los ciudadanos “apátridas/subversivos”, mientras instalaban un modelo económico neoliberal codirigido y ensayado desde la academia militar norteamericana. Tales lineamientos los mencionaba el General Ibérico Saint Jean el 25 de mayo de 1977 en United Press International: “Primero vamos a matar a todos los subversivos; después a sus colaboradores; después a los simpatizantes; después a los indiferentes y, por último a los tímidos”
“Hay un acto que es peor que la muerte y que no encuentra explicación en ninguna contingencia histórica: negar la posibilidad de morir como ser humano; desdibujar la identidad de los cuerpos en los que la muerte puede dejar testimonio de que ese que murió había tenido vida” (Schmucler. 1996)
Aquí, en este aparato del Estado Terrorista, hay una estructura para el acto de asesinar masivamente, un pacto de sangre que no estaba brindado al azar: los centros clandestinos de tortura y exterminio, con 814 ubicaciones, que cubrían comisarías, quintas, alcaldías, casonas, cuarteles, jefaturas, prisiones militares, bases aeronavales, galpones, campos, talleres, depósitos, clubes, hospitales, frigoríficos, barcos, etc. La estructura de los mismos era generalmente similar: una dedicada a los interrogatorios y tortura y otra dedicada a la estancia de los secuestrados. Los prisioneros no distinguían de edad o género: menores, estudiantes, mujeres embarazadas, hombres; todos estaban hacinados, obligados a permanecer día y noche “encapuchados y con sus manos y pies encadenados”. Las capuchas estaban asignadas por colores, distinguiendo a quienes tenían posibilidades de sobrevivir, y quienes estaban condenados a morir. (Duhalde, 2013).
Aquí un fragmento del testimonio de prisioneros en un centro de exterminio y tortura en Tucuman:
“En una de las ocasiones en que fue llevada a esta casa de torturas, presenció cuando aplicaban la picana a una mujer joven que presentaba un embarazo muy avanzado, mientras que un hombre también joven era obligado a presenciar la tortura, esposado y custodiado por dos individuos. Estaba presente un individuo que tenía un estetoscopio colgado del cuello y que examinaba a la mujer a medida que iba siendo torturada, entre los insultos del que parecía ser el marido. En un momento la mujer tuvo una hemorragia vaginal: el médico o el que parecía serlo la examinó, y luego hizo señas de que podían seguir torturándola. Volvieron a aplicar la picana y la mujer tuvo un espasmo en todo el cuerpo y quedó inmóvil: el del estetoscopio la examinó nuevamente y exclamó: ‘Parece que se les fue la mano’. En ese momento el prisionero se abalanzó hacia el elástico o ‘Parrilla’, y uno de los custodios le disparó con un arma en la nuca, cayendo bañado en sangre el prisionero sobre el cuerpo de la declarante, que estaba en el otro elástico. La dicente se desmayó, y cuando recobró el conocimiento ya había sido retirada la pareja. Aclara que los torturadores ese día la devolvieron a su lugar de detención; en esta y otras oportunidades le decían repetidamente: ‘Mírame, total aunque me reconozcas de acá no van a salir vivos’”.

La manipulación.
Como parte de las variables de aplicación del terror, la manipulación de la opinión pública para lograr la intoxicación colectiva y lograr el consenso, fue elemental. La acción psicológica de culpar a la “subversión” de todos los males de la república penetró en las capas más profundas de la piel de los argentinos.
El mundial de fútbol del ‘78; La visita de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos y la consigna para evitar la misma logra dilucidar la realidad bajo el lema “Los Argentinos somos derechos y humanos”; La adhesión popular a la guerra de Malvinas, inteligentemente direccionada desde los medios de comunicación. Todo ello cumplía un mismo objetivo: proyectar vestigios de la mentira mientras se lograba el consenso.
Pero no bastó con denunciar al hijo del vecino, sino que parte del sacrificio implicaba enviar a sus propios hijos a morir bajo la fe que actuaban en un proyecto de país epistolar entre quienes fueron convencedores natos del modelo, y quienes fueron convencidos (o consumidos) por la propia propaganda sacra-castrense.
Un pueblo que vió morir y redobló la apuesta, vació de contenido a la propia vida, a su propia patria; y cuando debió contener a aquel que sobrevivió, fue más sencillo darle la espalda y pagarle con el vuelto del abandono.
Los suyos y los nuestros fue una barrera desdibujada para finales de 1982; ya no había superficie permeable que no haya sido transgredida por el propio arte de dejar morir a un otro, incluso si ese otro era el de al lado… Aún así, para muchos, ayer y hoy, eran necesarios esos “excesos”.
Cinco décadas han transcurrido desde la última vez que nuestra democracia fue arrebatada, cincuenta años desde que el plan sistemático de tortura y exterminio nos arrebató a treinta mil de los nuestros, dieciochomil doscientos cincuenta días de búsqueda incesante.
No olvidemos, no arremetamos contra la memoria de un pueblo entero, no dudemos. Seamos conscientes y soberanos de nuestra historia.
Memoria, verdad y justicia, ayer, hoy y siempre.

Referencias
Duhalde, E. L. (2013). El estado terrorista argentino: edición definitiva. Colihue.
Mapas de centros clandestinos de detención (CCD) y hechos represivos. (n.d.). Argentina.gob.ar. Retrieved March 7, 2026, from https://www.argentina.gob.ar/derechoshumanos/ANM/rutve/mapas
Schmucler, H. (1996). Ni siquiera un rostro donde la muerte hubiera podido estampar su sello. Confines.
