4 febrero, 2026

Los muertos que vos matáis… Por: Sebastian Walter Borreani de Aziz

Foto: Diario registrado

El argumento equivocado triunfa porque se ha convertido en norma, no porque esté mejor construido. En parte, esto nos marca una idea concreta: la realidad no pasa siempre por el discurso, y es la misma comunicación política, dentro de la democracia liberal, la que parece haber quedado en desuso. Si todo da igual es porque el espacio mismo ha sido invalidado por la realidad. Hay que buscar el centro de lo político en algo que vaya más allá del discurso.

Sebastian Walter Borreani de Aziz*

Hacia principios de la década del 90, en sintonía con el despliegue del neoliberalismo menemista, Francis Fukuyama terminaba de dar forma a su tesis sobre la llegada de un tiempo donde el espíritu absoluto concluía su recorrido en la instalación global del orden occidental y capitalista. Fukuyama no decretaba en sí el fin de la historia como sucesión de hechos, sino del contexto político en el que, tras el colapso de la Unión Soviética, el capitalismo como modelo ya no tenía un afuera desde donde ser cuestionado. De ahí en más, el espíritu absoluto continuaba su marcha, sí, pero dentro del campo naturalizado de la cultura occidental y del capitalismo financiero.

Fukuyama con tres camperas

Es harto conocida la frase de Marx sobre la repetición de la historia como farsa en relación a Luis Bonaparte. Menos conocido es que Marx parte de una premisa de Hegel, a la cual le añade el remate de la farsa para referirse a la imposibilidad de que la historia pase dos veces por el mismo lado con la misma carga de verdad, porque el espíritu absoluto no conoce de remakes históricas. En su hegelianismo de derecha, Fukuyama tenía algo de razón sobre el contexto político y económico en el que escribió. El mundo bipolar caía con el peso de cada escombro del muro de Berlín, sentenciando el inminente final del Pacto de Varsovia. La globalización y la Perestroika eran las pruebas irrefutables de que la Guerra Fría había terminado y los ganadores habían sido los Estados Unidos.
En este sentido, la historia no se repite sino como farsa porque hay una constante imposible de detener en la trayectoria humana: el cambio provocado por el azar y la conflictividad. Nada permanece igual a sí mismo por mucho tiempo, porque la emergencia del conflicto humano es imposible de eliminar como variable. Si algo parece repetirse, será como una recreación falsa y no espontánea, en un vano intento de robar algo del aura de ese momento genuino que se dio en el pasado. Por eso, en el gran simulacro de originalidad que es la derecha mileísta, tenemos al presidente Milei anunciando la muerte del fantasma de Maquiavelo.
Pero como le pasaba a Ricardo Retardo, el personaje de Capusotto que siempre llegaba tarde a todas las movidas lucrativas del show business, Milei anuncia un poco tarde la muerte del florentino y frente a un público casi inexistente en el foro de Davos. Mientras Fukuyama supo hacer una lectura correcta —aunque parcial— de la llegada de un orden global neoliberal, Milei, por otro lado, está alienado de la historia presente que nace de la caída lenta y agonizante del imperio norteamericano, donde Rusia y China han salido favorecidas. Su intento de mostrar musculatura intelectual frente al poder económico que lo ignora, sabiendo que en definitiva es un empleado de la empresa, es el equivalente de las patéticas piruetas de un niño frente a un padre que no quita la cara de la pantalla del celular.
Sin embargo, vale ensayar frente al patetismo del circo mileísta —que en definitiva es siempre su estrategia de comunicación— una reflexión sobre lo político. En especial en este nuevo orden tripolar donde, para enojo de Francis Fukuyama, la conflictividad vuelve a entrar por la ventana como único elemento fundante; y en un momento donde, en Argentina, la oposición parece haber extraviado la brújula de la estrategia.

Enemigo mío

En el realismo político de Maquiavelo, la figura del príncipe no es la de un virtuoso en un sentido moral convencional, ni tampoco la de un amoral, sino la de un estratega que busca constantemente, con un ojo analítico en la lucha de poderes, las condiciones del ejercicio de lo político para organizar y dirigir el funcionamiento del Estado. Cuatrocientos años después, el filósofo Carl Schmitt nos advertía que lo político tiene como centralidad la distinción entre amigo y enemigo. Lo social normalizado es, para Schmitt, un momento en el que se olvida que lo que constituye ese espacio es precisamente la conflictividad previa.
Es interesante el recorrido que instala Maquiavelo y que luego continúa Schmitt, porque las categorías de la conflictividad y el antagonismo comienzan a tener una centralidad enorme para definir lo político, en especial en la distinción clásicamente francesa entre lo político y la política. En este sentido, la idea hoy popularizada de que existe algo malo o sucio en la política viene precisamente de la incapacidad de separar lo político, como momento ontológico de lo social, de la política como las prácticas burocratizadas que se naturalizan dentro de los espacios sociales —por ejemplo, los partidos políticos—.

Foto: NotiNor Jujuy

Por supuesto, lo político no puede ser considerado solo como conflictividad negativa. Hannah Arendt en La condición humana, en contraposición a Schmitt, consideraba lo político como el espacio de la libertad donde los sujetos forjan lazos de solidaridad para construir juntos lo comunitario. Arendt reconocía al conflicto como parte del campo necesario, dentro de lo político, de la agonística: una competencia creadora y no destructora —performativa— entre iguales, como en los juegos olímpicos o los debates de los griegos (de ahí la palabra agón, que significa competencia o lucha).
En relación con lo que sostenía Arendt, Paul Ricoeur tuvo el mérito de pensar lo político desde un momento de decepción y pesimismo en su texto La paradoja política, publicado en 1957. La fecha es importante: en 1956, tres años después de la muerte de Stalin, cayó en Hungría el gobierno de Mátyás Rákosi como resultado de la sangrienta represión a una manifestación estudiantil. La alegría con el naciente gobierno del reformista Imre Nagy, acompañado por la formación espontánea de consejos obreros y ciudadanos —que Arendt veía como espacios de libertad política—, duró hasta el cuatro de noviembre, cuando bajo las órdenes del mariscal Zhúkov, 30.000 soldados y 2.500 tanques soviéticos invadieron Budapest.
En este contexto, Ricoeur piensa la paradoja política desde un momento en que reina el sentimiento de abandono e incluso de miedo frente a la violencia cometida por fuerzas que supuestamente debían trabajar en pos de la liberación. Pero lejos de rechazar lo político, sostiene que es absolutamente necesario participar en la construcción de un poder para organizar la sociedad (racionalidad), pero advierte que ese poder debe estar siempre bajo vigilancia porque corre el riesgo de volverse violento y en nuestra contra (irracionalidad). A diferencia de lo que sostenía Arendt, donde lo social se erigía como el punto de corrupción de la política, para Ricoeur lo político no es separable de su aspecto negativo.
Por su parte, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau hicieron del antagonismo una categoría central y ontológica, entendida como una eterna paradoja de tensión. El antagonismo es recurrente e inevitable en la historia social porque el poder no ejerce un control absoluto sobre todos los órdenes de la vida. Basándose en las lecturas de otro italiano muerto hace ya mucho tiempo, Antonio Gramsci, y de un psicoanalista de lectura difícil como Jacques Lacan, Mouffe y Laclau sostienen que existen poderes hegemónicos que organizan lo social, pero a su vez, lo social es un objeto imposible. Nunca termina de formarse como totalidad en tanto lo político vuelve a aparecer una y otra vez como fundante, a través de los antagonismos, de nuevas recomposiciones.

Foto: Huella del Sur

En este sentido, lo político también genera la falta de clausura del discurso sobre lo social, lo que permite contradecir el fin de la lucha ideológica proclamado por Fukuyama. El sentido sobre lo que la realidad es, debe ser o será, siempre tiene un carácter formal pero abierto: el sentido está suturado, pero la sutura no es un cierre definitivo. Lo político patea el tablero del sentido naturalizado, y los significantes son flotantes en tanto pueden cargarse con nuevos significados que se forman en el marco del antagonismo social.

Chupemos un joystick y matemos un jubilado

Frente al dispositivo de espectacularización de la comunicación libertaria, donde el patetismo es la forma y el contenido del discurso, es difícil saber cómo responder porque lo que se moviliza es la falta de seriedad absoluta hacia todo, en especial al contenido del discurso. El debate intelectual, por máxima, requiere que el contrincante tenga una base de contenidos medianamente serios que defienda con argumentos, pero el dispositivo libertario instala un espacio donde la falta de rigor es el elemento fuerte. Este mecanismo se cierra sobre una audiencia apática hacia las palabras, que en definitiva ni presta atención porque los acuerdos reales pasan tras bambalinas.

Comparativamente, el dispositivo de comunicación del PRO tenía más seriedad y profundidad —comparativamente, ojo—, porque la estrategia comunicacional pasaba por lo elidido. El significante del macrismo estaba vacío, y el votante promedio podía llenarlo con el sentido que quisiera, positivizando el discurso. “El cambio” era lo que vos querías que fuera; ese vacío podía ser positivizado, lo que generaba una operación retórica de contraste que legitimaba la elección de una fuerza que representaba lo nuevo por lo nuevo.
La comunicación libertaria es distinta, porque tiene un público distinto también. El significante y el significado están al servicio de generar un discurso estúpido, incoherente e irracional. Donde el dispositivo del PRO positivizaba el vacío, el de La Libertad Avanza positiviza la mera existencia de argumentos mal construidos, frente a un público que los da por ciertos sin análisis. La carga de la prueba, en este esquema, es la existencia del argumento, no su veracidad, su lógica o su coherencia.

Por todo esto es que es tan difícil golpear al discurso libertario usando la razón o la lógica. El argumento equivocado triunfa porque se ha convertido en norma, no porque esté mejor construido. En parte, esto nos marca una idea concreta: la realidad no pasa siempre por el discurso, y es la misma comunicación política, dentro de la democracia liberal, la que parece haber quedado en desuso. Si todo da igual es porque el espacio mismo ha sido invalidado por la realidad. Hay que buscar el centro de lo político en algo que vaya más allá del discurso.

Esperando los bombos

Es en este punto donde parece importante reflexionar nuevamente sobre el concepto de lo político. En especial porque durante los últimos años se ha procedido como si la estrategia comunicacional fuera performativa del contexto, lo que representó un gran bluf para los últimos gobiernos peronistas.

El PRO no ganó por el éxito de su propaganda, sino que el dispositivo tuvo éxito por el agotamiento del kirchnerismo como modelo económico y político. La Libertad Avanza tampoco ganó porque la gente sea más idiota —aunque hay que reconocer que los públicos están cada vez menos proclives a usar las neuronas—, sino porque la falta de interés en los discursos fue un resultado del descontento frente al gobierno anterior.

Si hay que buscar lo político por fuera de los dispositivos comunicacionales, entonces podemos decir que lo político no es una estrategia de marketing ganadora, sino un necesario retorno a la conflictividad social; es decir, volver a hacer política con otros, más allá de los discursos. En la diferencia entre lo político y la política pesa una advertencia, si tomamos en cuenta la paradoja de Ricoeur: lo político tiene una lógica propia que no puede reducirse al funcionamiento de ningún otro campo, porque de hecho es fundante del espacio al mismo tiempo que habita en él. Vuelve una y otra vez como una maldición, sin ser controlado ni reducible.

En este sentido, volver a pensar la política en términos del realismo de Maquiavelo implica, en primer lugar, reconocer el conflicto y los antagonismos como algo natural. Esto también lleva consigo una advertencia: evitar la conflictividad y la violencia de la política es quedar fuera del momento constituyente de la reorganización social. Hoy pretenden deprimirnos y sumirnos en el conformismo frente al avance de la derecha libertaria. Pero desde una perspectiva maquiavélica, por el contrario, el conflicto es el punto de partida de una política realista y pragmática. Y desde una perspectiva schmittiana, bueno, la distinción amigo/enemigo está servida en la mesa.

En segundo lugar, no podemos esperar que vengan a rescatarnos las fuerzas de la política; es decir, que sean ellas las que generen el momento político mientras nosotros miramos desde afuera. Si lo político es constituyente de lo que después deviene en la política, y si lo político y la conflictividad son una y la misma cosa, es necesario asumir la paradoja de la racionalidad e irracionalidad. Lo que Ricoeur señala es simple: no hay apuestas seguras ni ajenas a los sinsabores, pero tampoco hay delegación. Las fuerzas políticas participarán o no del cambio necesario, pero lo político no se reduce a lo que ellas puedan hacer.

Quejarse mientras todo muere, sumirse en la depresión o la nostalgia mientras del otro lado el enemigo se asume en la conflictividad y avanza, es anularse como sujeto. Frente a este cuadro, el pragmatismo maquiavélico es una estrategia posible en tanto permite ver dónde la política puede construirse, en un sentido arendtiano, como espacio de la libertad. Pero claro, hay que salir a construir el momento político en el encuentro con los otros, en la posibilidad de convertir nuestras diferencias en conflictividad performativa, y construir ese gran bloque de los propios frente a antagonismos que parecen irresolubles en las fuerzas ya constituidas.

*Licenciado en Ciencias de la Comunicación —UBA—. Magíster en Comunicación y Cultura de la Facultad de Ciencias Sociales —UBA—.  Doctorando en el Doctorado de Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales —UBA—. Docente titular por el área de Sujeto, Trabajo y Prospectiva de la Universidad Provincial de Ezeiza, de las materias Metodología de la Investigación y Prácticas Profesionales Supervisadas. sborreani@upe.edu.ar