(comprimido N°12) COSTUMBRES ARGENTINAS. Por Javier Santos

Una nueva pastilla para tratar de sortear la náusea. Javier Santos se acerca como lector del Astillero y nos a trae esta receta, entre mate y mate: filosofar. ¿Somos capaces de parar la pelota para pensar, planear o conspirar? o, estamos tan sumergidos en este marasmo que ni siquiera podemos tomar un mate y hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, o mejor aun, compartir con otros el momento y ¿el mate?
El mate tiene un sabor bastante disímil como para decir que es uno, a veces amargo, otras dulce; también puede tener sabor melancólico o ensimismado cuando uno lo toma solo, o bien gusto a conversación y risa cuando se comparte. Si uno toma un termo entero sin renovar la yerba pasa del sabor intenso al lavado en un santiamén, hay que tener la atención de cambiar a tiempo el contenido, ir a la cocina, tirar la yerba usada, reponer con yerba nueva. En casa de los pobres dicen que se deja secar al sol y se usa nuevamente como para quitarle el sabor lo máximo posible en menos cantidad de recambios. Hay mate con yuyo, con cáscara de naranja, incluso lo he visto mezclado con café.
Hoy preparo el mate amargo en mi cocina, cómoda y caliente, y pienso: ¿Qué pueden tener en común Sherlock Holmes, Sigmund Freud, Albert Einstein… y tantos otros notables además, claro, de ser fumadores en pipa? Y…, ¿yo? ¿qué timbre toco yo en este asunto?
Lejos de mí está el mote de genio, poeta, filósofo o artista. Y haberlo pensado un segundo ya es pretencioso en un sujeto simple como uno. He adquirido sin embargo una costumbre local que sirve las veces de acto suplente y simulacro de la pipa, y es en parte una caricatura del verbo fumar con la salvedad de que el consumidor no se quita salud en la costumbre.
Como no podía ser de otra manera, y como un mal imitador de la noble grandeza de los genios y los sabios, tomo mate amargo, donde el vapor reemplaza al humo del tabaco y la apariencia se pasea impostando un carácter que no me pertenece, pero que, representa sino cosa similar, al menos, una simulación canchera.
Soy un cultor del consumo diario del mate. He conseguido hacer de mi actividad una liturgia pedestre donde el cómo y el qué tienen el mismo sabor razonado: También soy yo un pensador, che. No me hace más genio ni más inteligente, porque quod natura non dat Salmantica non praestat; pero, entre lo que uno se gasta en formar el personaje, va fundiendo actor con escena, va logrando tener un rocinante, y en la locura de imitar, la representación, a lo mejor, toma el lugar de la cosa. Con certeza, no lo sé. Pero sigo pensando. Y pensando, pensando, empiezo al menos a subir la cuesta de los notables. Así llegan las ideas.
Tomar mate: parodia de la pipa, o tal vez mejor, auténtica forma argentina de pasar el rato mientras el pensamiento y las palabras corren. De vez en cuando, mirar por la ventana, escuchar los pájaros que cantan.
El matecito de la mañana tiene sabor a compañero, aunque uno esté solo como un hongo, sabor a que alguien más está ahí y te conversa, como si la introspección se volviera una dialéctica, una verdadera filosofía. Se hincha la yerba, el mate toma cuerpo, despide su aroma a yerbatal, a cosecha de esclavo trabajador cargando bolsas de ilex paraguariensis desde el campo al camión, a trabajo de hormiga. El pensamiento vuela.
¿Alguien sabe cómo es la cosecha de la yerba mate? Yo lo aprendí en Geografía de quinto año, el último tramo de mi escuela secundaria. No tengo idea si habrá cambiado el proceso con esto del siglo XXI y la tecnología de punta. Lo mismo dicen de la cosecha de papa, y la del carbón.
Pero venía hablando de mi costumbre de yerba y, ya que estoy, del aroma de la yerba que se eleva en la cocina comedor. Un aroma que despierta y sacude la modorra de la primera hora del día. El recipiente, el cultivo triturado de forma equilibrada y después el agua caliente levanta en su vapor un genio y tres deseos. Bombilla de metal, boca caliente que beso más que cualquier otra boca. El termo parece vigilarme, paradito y armado con su inoxidable cuerpo de caballero quijotesco.
De pronto, agarro el paquete de la yerba y leo la marca y el eslogan: Yerba Mate La Merced. Establecimiento Las Marías. Un lugar. Una familia. Una filosofía.
Y entonces se me abre la cabeza como tranquera a la idea de pensar la yerba y en la frase de la yerba. En lo que quiere decir y en lo que uno puede leer ahí. Porque se me hace desafinado leer la palabra filosofía atada a ese eslogan de producción de yerba cuando ya sé cómo se cosecha. Es cierto que la yerba mate, el acto de cebar mate, te lleva al pensamiento y a un modo de reflexionar introspectivamente, filosóficamente, cuando estás solo. Y que se me abren preguntas de tanto matecito caliente arriba de la mesa de la cocina, mientras beso la bombilla una y otra vez y los pájaros cantan. Pero no me da pensar que el estimulante de tanto filosofar (una acción llena de libertad) se fabrique con esclavos de por medio y de manera tan repetida.
Y me quedo ahí hurgando esa idea. Le saco provecho a partir de leer el término filosofía en un envase tan pedestre, tan terrenal, tan capitalista. Y me pongo académico.
Qué decir de la filosofía. ¿Es una actividad que abre preguntas como ahora, o es el instructivo moral que implica garantía de calidad y respuestas seguras dentro de un hábito, de la fabricación de la yerba? Menudo lío ese lugar, familia y filosofía. Más allá del uso de marketing que se pueda reconocer en esa expresión, entiendo que se la está usando además con ese propósito al menos parcial de procurar un sentido determinado, ya no tanto un pensamiento en pleno desarrollo, o una práctica filosófica, y sí, en cambio, más que nada, una tradición, una costumbre, un saber, un know-how; en definitiva, como modo de presentación o manera de pararse frente las cosas antes de cualquier acción o pensamiento, es decir: una forma unívoca de no-pensar, de no abrir-se a una diferencia. Una mirada que da seguridad, piso, maneras estandarizadas del hacer, mecánica y repetitiva. No innovación, no pensamiento.
No es ya una razón activa o un conocimiento que se despliega en preguntas, no es un logos, ni siquiera un discurso o una actividad filosófica. Es, en cambio, una manera de ver o mirar, de sopesar la realidad, de estar condicionados o supeditados a una idea de mundo, a un paradigma de saber y de poder. La tradición.
Nadie que se pretenda filósofo libre podría tener una filosofía sin tratar de desmantelarla. Eso pienso yo. Y me cebo otro matecito.
Llamo filósofo a quien justamente construye y hace su quehacer filosófico librando batallas contra la tradición y el sentido común y las recetas, aunque parta de una mirada de mundo. Tener una filosofía significa estar agarrado, asido por una forma preexistente a la actividad de pensar, que no es libre, que no dice nada, que no establece un pensamiento crítico, de análisis ni un trabajo filosófico. Es la pura costumbre esclava y repetida.
La gente quiere respuestas y seguridad; no preguntas, no vértigo, no libertad. No quiere saber cómo se fabrica la yerba; quiere tomarse unos amargos y no pensar. Y que esa sea su filosofía. La de consumo en una cocina caliente; la de trabajo de hormiga en un campo hostil.
Mientras tanto tomo mate amargo y desde la cocina veo un gorrión que canta en el patio. Y me dispongo a pensar en la cosecha, en los peones de la cosecha y si mis ideas tan volátiles, tan filosóficas, tienen sentido ante tanta injusticia, ante tanto eslogan, ante tanta hipocresía, injusticia y desidia.
