30 agosto, 2025
La noche del 12 de marzo 2025. El padre del fotógrafo Pablo Grillo espera los resultados médicos de su hijo, en el Hospital Ramos Mejía, herido en la brutal represión policial en la marcha de jubilados de ese día. (Foto Clarín)

Del paso sensible y corazones abiertos, nacen verdades valientes y justas, ocultar la realidad nos deja todo lo contrario. Brenda Santamaría, nos hace reflexionar y enlaza en el tiempo situaciones y dramas donde el dolor no puede ser otra cosa, que una caja que guarda luz y esperanza para continuar la marcha.

“Cien pupilas recelan las sombras de las sombras”, versa  un poema escrito por José Gobello que relata el fusilamiento del General Valle titulado el Presidente Duerme1. En medio de la oscuridad de Campo de Mayo, “reflectores desgarran el seno de la noche” dice un verso subsiguiente, como una luz que alumbra aquello que es preciso ver y conocer, para identificar y abatir. Cien pupilas del otro lado, como quienes están viendo una escena transcurrir delante de sus ojos, no miran atrás, solo lo que alumbra el reflector; sin sospechar, sin pensar en nada más que lo que el reflector ilumina. El poema sigue y describe aquello que sucedía por fuera, como si fuera un ruido ambiente, que está ahí, pero que por alguna razón el reflector no se vuelca hacia ello. Quizás no sea preciso prestarle atención. Delante, el paredón, iluminado por esa luz como reflejo de La verdad, el resto es solo oscuridad.


Aquella noche, los soldados obedecieron. No prestaron atención a ese ruido ambiente que seguramente les zumbaban los oídos. La verdad estaba ahí, delante suyo, iluminada por el reflector. Sin embargo, a sus espaldas, estaba la otra verdad, la que no se atrevieron a mirar… quizás por miedo. Pero aun así, ese ruido seguía ahí. Solo hacía falta darse vuelta y atreverse a mirar.


La alegoría de la caverna de Platón condensa esta tensión entre la luz que enceguece y la sombra que oculta. Los prisioneros, como las cien pupilas del poema, solo ven lo que tienen frente a sí: las sombras proyectadas por una fuente de luz que nunca llegan a conocer del todo. Esas sombras se vuelven su mundo, su verdad. Y sin embargo, hay un momento en que algo se desacomoda. Una sospecha, un titubeo, una fisura en lo que parecía evidente. Ese ruido ambiente. Esa es la escena fundante del pensamiento: desconfiar de lo que siempre se dio por sentado. Kant señalará, siglos más tarde, que alcanzar la mayoría de edad es atreverse a pensar por uno mismo. Es elegir mirar más allá del reflector, incluso si eso implica soportar la oscuridad y salir de la caverna.

Pensar no es acumular conocimientos, sino animarse a salir de la minoría de edad; esa caverna donde las verdades nos llegan sin ser interrogadas. Tal vez la oscuridad sea más cómoda que preguntarse si lo que vemos es un reflejo de lo que nos dejan ver o si es lo que verdaderamente es.

En tiempos en que la información circula como una cadena de reflectores encendiéndose sin pausa, todo parece verse pero poco se entiende. La sospecha filosófica se pierde ante los estímulos que aturden la razón. Sospechar, entonces, no es negar, es resistir la obediencia pasiva que impone el sentido globalizado y estandarizado.

En nuestros días, bajo la luz de una información fugaz, poco comprobada, o manipulada al punto de convivir con noticias falsas que debemos chequear y re-chequear, incluso las imágenes pierden validez. Vemos una fotografía y dudamos si fue generada por IA o si ocurrió realmente. En este contexto, sucumbimos a la alienación, al desinterés, al agotamiento que genera el exceso de estímulos, como si cientos de reflectores se encendieron a la vez, iluminando “verdades” fugaces.

Es, tal vez, una caverna infinita. Salimos de una para entrar en otra. Y ese movimiento constante produce un cansancio que nos adormece y no sabe apáticos. La información ya no revela: aturde. Nos volvemos indiferentes frente a los acontecimientos, porque en este tiempo que nos toca, todo puede ser real o al menos parecerlo.

 
La distinción entre lo verdadero y lo falso se vuelve difusa. Como escribió Bauman, lo que fue sólido se disuelve en lo líquido. En esta sobre información, perdemos de vista qué es importante, porque todo es noticia y, a la vez, nada lo es. O quizás pasan tantas cosas, todo el tiempo, que fluimos con el scroll infinito, generando un sinfín de interacciones, prendiendo simultáneamente proyectores que suponen la “iluminación” total de la vida cotidiana. Sin embargo, en esa falta de oscuridad donde todo se muestra, nada se revela. El sentido de lo nuevo, de lo trascendente, se pierde.

La verdad, como idea rectora de la sociedad occidental, acompañada del ideal científico de veracidad, de la alegoría platónica de la línea donde el Bien ocupaba la cúspide, ya no lo es. Ni la verdad, ni el Bien. Solo existen tantas verdades como subjetividades en el mundo.


Tal vez por eso, pensar hoy no implica alcanzar la luz, sino detenerse ante su exceso. Nombrar lo que no encaja, mirar con lentitud, sospechar del reflejo inmediato. No se trata ya de salir de la caverna, sino de reconocer que habitamos una sin muros ni centro, tejida por pantallas, proyecciones e interrupciones. Sospechar, entonces, no es desconfiar, sino abrir una grieta en lo evidente, para que vuelva a entrar el sentido.

  1. EL PRESIDENTE DUERME
    La mujer del general Valle va a Campo de Mayo. Junto a ella, van sus cinco hijos, que quedarán huérfanos si su padre es fusilado. Le dijeron que Aramburu es el único que puede apiadarse de su marido y salvarle la vida. Desesperada, llega al lugar. Su marido ha sido su amigo. Compartieron reuniones de familia. No puede creer que no haya piedad. No puede creer que la crueldad llegue a tal extremo. Pero recibe una respuesta histórica. Pide, imperiosamente, hablar con Aramburu y le responden: el presidente duerme y ha dado orden de no ser molestado. De modo que la mujer de Valle se va de Campo de Mayo con esta respuesta: El presidente duerme.
    José Gobello, gran lunfardista, escribió este poema que inmortaliza esa respuesta de Aramburu. https://revistaliberacion.com.ar/el-presidente-duerme/
     
    EL PRESIDENTE DUERME – José Gobello
    La noche yace muda como un ajusticiado,
    Más allá del silencio nuevos silencios crecen,
    Cien pupilas recelan las sombras de la sombra,
    Velan las bayonetas y el presidente duerme.
    Muchachos ateridos desbrozan la maleza
    Para que sea más duro el lecho de la muerte…
    En sábanas de hilo, con piyama de seda
    El presidente duerme.
    La luna se ha escondido de frío o de vergüenza,/
    Ya sobre los gatillos los dedos se estremecen,
    Una esperanza absurda se aferra a los teléfonos,
    Y el presidente duerme.
    El llanto se desata frente a las altas botas.
    –Calle mujer, no sea que el llanto lo despierte.
    –Sólo vengo a pedirle la vida de mi esposo.
    –El presidente duerme
    Reflectores desgarran el seno de la noche,
    El terraplén se apresta a sostener la muerte,
    El pueblo se desvela de angustia y de impotencia/
    Y el presidente duerme.
    De cara hacia la noche sin límites del campo,
    Las manos a la espalda, se yerguen los valientes,/
    Los laureles se asombran en las selvas lejanas
    Y el presidente duerme.
    Tras de las bocas mudas laten hondos clamores…/
    -¡Cumplan con su deber y que ninguno tiemble de frío ni de miedo!
    En una alcoba tibia
    El presidente duerme.
    –¡Viva la patria! Y luego los dedos temblorosos,
    Un sargento que llora, soldados que obedecen,/
    Veinticuatro balazos horadando el silencio…
    Y el presidente duerme.
    Acres rosas de sangre florecen en los pechos,
    El rocío mitigó las heridas aleves,
    Seis hombres caen de bruces sobre la tierra helada/
    Y el presidente duerme.
    ¡Silencio! ¡Que ninguno levante una protesta!
    ¡Que cese todo llanto! ¡Que nadie se lamente!
    Un silencio compacto se adueñó de la noche.
    Y el presidente duerme.
    ¡Oh, callan, callan todos! Callan los camaradas…/
    Callan los estadistas, los prelados, los jueces…
    El Pueblo ensangrentado se tragó las palabras
    Y el presidente duerme.
    El Pueblo yace mudo como un ajusticiado,
    Pero, bajo el silencio, nuevos rencores crecen.
    Hay ojos desvelados que acechan en la sombra/
    Y el presidente duerme.


    El Asesinato del General Valle
    Tras el derrocamiento del presidente Perón en septiembre de 1955, se desató una feroz persecución contra los sectores populares y patrióticos, particularmente en el movimiento obrero y las fuerzas armadas, como parte de la política de restauración oligárquica, hambreadora y entreguista al imperialismo, que impuso la dictadura militar de Aramburu-Rojas.
      ↩︎

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *